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Una vuelta por el MOMA

Reabrió en Nueva York, uno de los museos que alberga lo mejor del arte del Siglo XX. Remodelarlo costó 858 millones de dólares.


El Museo de Arte Moderno de Nueva York es el lugar más famoso del mundo de todos cuantos exhiben obras del Siglo XX. Hay allí pinturas, esculturas, diseños, y también se realizan representaciones en vivo de música, teatro, art sessions, danza, recitales de poesía, teatro, y todo hecho estético dinámico que se pueda imaginar. Lo último es coherente: conviene recordar que para los antiguos, la palabra museum definía a un lugar vital y divertido, en donde se le rendía culto a las musas.
Semanas atrás, el edificio central del MoMA, en el Midtown, construido por primera vez en 1938, reabrió sus puertas luego de dos años de trabajos para ampliar sus instalaciones y remodelarlas, con un diseño del arquitecto japonés Yoshio Taniguchi (diseñador del Museo Municipal de Arte Toyota de Japón), quien duplicó la superficie y revalorizó las dependencias. En ese lapso, las actividades se habían trasladado a un edificio ubicado en el barrio neoyorquino de Queen’s.
El día de la reinauguración, en pleno y frío otoño boreal, alrededor de cinco mil fanáticos del arte, quienes velaron toda la noche anterior aguardando la reapertura, se encontraron con una sorpresa buena y una mala: sólo por ese día se podía ingresar sin pagar; la mala es que cuando haya que pagar, el precio no será de 12 dólares sino de 20. Tal vez quieran recuperar parte de lo invertido en trasladarse a Queen’s, remodelar el edificio y volver a la sede de Midtown, tareas que demandaron gastos por 858 millones de dólares.
Enumerar las obras que alberga el MoMA como Picasso y otros grandes pintores; y esculturas de Henry Moore permiten comprender por qué se lo considera el templo por excelencia de las artes contemporáneas. A poco de su inauguración, en 1939, tuvieron un colaborador impensado: Pablo Picasso se negó a que su monumental Guernica quedara en la Europa ocupada por los alemanes, de modo que decidió que el cuadro que representa los estragos de un bombardeo nazi a un pueblo del País Vasco estuviera en el MoMA, hasta tanto la democracia se reestableciera. Hoy el cuadro está en El Prado madrileño.

Claro que una sola obra no hace un museo. Todos los grandes creadores del Siglo XX, y algunos del XXI, poco conocidos, pero considerados vanguardistas, están allí. Los sponsors se ocupan de que ello ocurra. Por algo, el Estado y la Ciudad de Nueva York contribuyeron con 75 millones de dólares y, con cifras menores, pero importantes, participaron particulares como David y Peggy Rockefeller, Ronald y Carole Lauder, Donald y Catherine Marron, Lewis y Dorothy Cullman, Edward Noble, John Morgan y la familia Ford, es decir algunas de las familias de mayor fortuna de los Estados Unidos.

Para pasar el día
Ver, oír, mirar y escuchar todo lo que hay en el MoMa es abrumador. Porque no solamente están los cuadros y las esculturas. También los objetos de diseño ocupan su lugar, como el sillón rojo de los hermanos brasileros Campana. En sus seis pisos, magníficamente resueltos por los arquitectos, hay funciones de teatro y recitales, y conviene ir con tiempo, a pasar el día. Varias cafeterías, un restaurant convencional (el Modern) y otros al paso (snacks) permiten hacer una pausa. Hay también, dos librerías y tres locales en donde se pueden comprar reproducciones o láminas de los cuadros o de las esculturas que están en exhibición y también las inevitables remeras, señaladores y demás baratijas. Dato curioso, la reproducción del Guernica en el tamaño de 0,60 por 1,80 (el original ocupa 18 metros cuadrados de pared) es una de las más solicitadas, generalmente por visitantes extranjeros. Los norteamericanos, que suelen ser nacionalistas en materia de arte, escogen con mayor frecuencia las tormentas vertiginosas de colores de Jackson Pollock.
El diseño del nuevo MoMA es hermoso y a la vez, funcional. Solamente ver sus seis pisos rodeados por torres de cincuenta plantas o más, hacen que se sienta una especie de ternura arquitectónica. Contemplar algo en la medida del hombre junto a edificios de altura desaforada produce, a veces, ese efecto.