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Los
eligieron por su belleza, su perfección física
y su origen noble, para ser ofrendados a los dioses
en agradecimiento por la fertilidad de la tierra y los
cultivos. A cambio de salud y bienestar, les entregaron
lo mejor que tenían: la vida de tres niños
incas de seis, siete y quince años. Luego de
una ceremonia sagrada y vestidos con sus mejores ropas,
los pequeños fueron llevados lo más cerca
del Sol que pudieron, a una montaña del actual
territorio salteño a 6730 metros de altura, y
depositados en un pozo bajo la tierra. Con ellos, enterraron
un precioso ajuar. Es que según la creencia inca,
las criaturas ofrendadas no morían, sino que
emprenderían desde entonces un camino al más
allá adonde se reunirían con sus antepasados.
Unos 500 años pasaron de aquel ritual religioso
cuando, en 1999, un grupo de científicos norteamericanos,
argentinos y peruanos escaló el volcán
Llullaillaco y encontró en la cumbre, las tumbas
de los pequeños incas. El hallazgo de Salta fue
único por las características de conservación
de los cuerpos, que se mantuvieron congelados durante
cinco siglos, y por la importancia de la información
que obtendrían los investigadores a partir del
los objetos que los acompañaban. Tanto, que trascendió
a nivel mundial como el descubrimiento de “Los
Niños del LLullaillaco” y disparó
la creación del Museo de Arqueología de
Alta Montaña (MAAM) en la capital provincial.
Allí, desde el 19 de noviembre de 2004, son exhibidos
unos 100 de los 146 objetos que fueron introducidos
junto con los pequeños en las tumbas. Se trata
de miniaturas de oro, cerámicas, textiles y plumas
que por su perfecto estado de conservación enriquecen
el estudio y conocimiento científico del culto
incaico llevado a cabo en los adoratorios o santuarios
de altura. Los niños todavía no fueron
exhibidos pero las autoridades del MAAM estiman que
en menos de un año el público podrá
conocerlos.
“El hallazgo arqueológico, al estar en
territorio salteño, le pertenece a la provincia.
El Gobierno entendió que era algo único
en el mundo y que estaba bajo custodia de Salta, por
eso creó el Museo”, explica Gabriel Miremont,
diseñador y actual director del MAAM.
El edificio donde funciona, una victoriana construcción
de 1860 ubicada en pleno corazón de la capital
norteña, fue remodelado y adaptado y hoy es un
moderno espacio para acercarse al pasado. “Podés
estudiar la historia pero desde el hoy. El planteo inicial
para su diseño fue trabajar con parámetros
de la cultura inca –explica Miremont–. Intentamos
darle un contexto cultural a la colección y no
solamente exhibir a los niños y a los objetos.
Porque cuanto más conocemos más respetamos”.
De esta manera, los paneles, vitrinas y soportes fueron
armados de acuerdo con la base métrica del número
4 que utilizaban los incas. El logo del MAAM, además,
representa una de las cuatro regiones andinas que componían
al Tawantisuyu o Estado Inca: el Chinchaysuyu, el Antisuyu,
el Cuntisuyu y Collasuyu. Este último suyu es
el que se corresponde geográficamente con gran
parte del Noroeste y centro Oeste del actual territorio
argentino.
La altura, el frío y la luminosidad del santuario
del volcán fue otra característica que
los diseñadores intentaron recrear en las salas.
Las tumbas del Llullaillaco, a 6.700 metros sobre el
nivel del mar, son las más altas de todo el Tawantisuyu
y probablemente, del mundo. Y por sobrepasar a las nubes,
reciben directamente la luz del Sol. “La estética
del MAAM es luminosa y blanca”, explica Miremont.
Y aclara: “Pero el resultado no es un edificio
frío, sino que transmite paz. Las dobles alturas
permiten mirar los cuatro solsticios del almanaque inca”.
Miremont señala como vanguardista el hecho de
que el museo sea el único en el mundo que habla
del origen de su colección: “El MAAM le
da espacio a la actividad científica y al hallazgo,
explica cómo se preparó la expedición,
cómo se llegó a los objetos y desde qué
mundo nos vienen. Por eso hay salas de arqueología
de alta montaña y otra del mundo inca”,
agrega.
El espacio cuenta con áreas de exposiciones permanentes
y temporarias, laboratorios donde estudian los científicos,
una biblioteca pública y un centro de información
andina donde, por ejemplo, se puede aprender la lengua
quechua. Además, hay una sala de conferencias,
un bar y una tienda de recuerdos.
“Todo el tiempo hay referentes de pertenencia.
No se tomaron los objetos solo desde lo estético,
sino desde lo participativo. En la confitería,
por ejemplo, aunque es moderna, predominan los colores
salteños y la comida americana y precolombina.
La idea es reforzar lo cultural desde todos lados”,
afirma Miremont.
Por la peculiaridad de la colección exhibida,
el interior del museo se mantiene con aire filtrado
y desbacterizado, a una temperatura constante de 18º
C y con un 45 % de humedad (por esto, al público
se le ofrecen ponchos para su recorrida). La iluminación
y el audio también son controlados a través
de complejas tecnologías: la luz aumenta con
la cantidad de gente y por los parlantes se oyen constantemente
música y sonidos precolombinos. “Este museo
tiene tecnologías únicas en América.
El sistema de luces es similar al del Louvre y a la
Tate Gallery de Londres”, afirma Miremont.
Una
comunidad que sigue viva
Los descendientes del pueblo
inca que viven en Salta, según cuenta el director
del MAAM, no sólo aprobaron sino que participaron
del crecimiento del museo. “Sienten que todo se
tomó con respeto y cuidado. Entienden eso de
que cuanto uno más sabe de algo, más lo
cuida”, dice Miremont. La música, las canciones
y los textos del MAAM fueron realizados o revisados
por los amautas, máximas autoridades dentro de
la comunidad inca salteña. Aunque se trata de
testimonios del pasado, “es una comunidad que
sigue viva en tradiciones, costumbres y hasta en genética”,
afirma Miremont. Según cuenta, algunos pequeños
que visitaron el museo y pudieron conocer a “Los
Niños del Llullaillaco” se reconocieron
similares en fisonomía.
Concluye Miremont: “Este no es un museo de historia
sino de continuidad”. Los tres chicos y los objetos
que los acompañaron en el camino al más
allá fueron puestos en la cima del volcán
para agradecer a los dioses los ricos frutos y la salud
de la tierra. También, para contarnos la historia
de un pueblo que fue grande, y que todavía sigue
vivo.

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