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Vanguardia y pertenencia

En el corazón de la ciudad de Salta, una construcción victoriana de 1860 sirve de refugio de un tesoro histórico: tres niños incas perfectamente conservados y su ajuar de más de 100 miniaturas hallados en un santuario en el pico más alto de la región. Moderno y vanguardista, el MAAM acaba de inaugurar para descubrir una comunidad que sigue viva.

Los eligieron por su belleza, su perfección física y su origen noble, para ser ofrendados a los dioses en agradecimiento por la fertilidad de la tierra y los cultivos. A cambio de salud y bienestar, les entregaron lo mejor que tenían: la vida de tres niños incas de seis, siete y quince años. Luego de una ceremonia sagrada y vestidos con sus mejores ropas, los pequeños fueron llevados lo más cerca del Sol que pudieron, a una montaña del actual territorio salteño a 6730 metros de altura, y depositados en un pozo bajo la tierra. Con ellos, enterraron un precioso ajuar. Es que según la creencia inca, las criaturas ofrendadas no morían, sino que emprenderían desde entonces un camino al más allá adonde se reunirían con sus antepasados.
Unos 500 años pasaron de aquel ritual religioso cuando, en 1999, un grupo de científicos norteamericanos, argentinos y peruanos escaló el volcán Llullaillaco y encontró en la cumbre, las tumbas de los pequeños incas. El hallazgo de Salta fue único por las características de conservación de los cuerpos, que se mantuvieron congelados durante cinco siglos, y por la importancia de la información que obtendrían los investigadores a partir del los objetos que los acompañaban. Tanto, que trascendió a nivel mundial como el descubrimiento de “Los Niños del LLullaillaco” y disparó la creación del Museo de Arqueología de Alta Montaña (MAAM) en la capital provincial.
Allí, desde el 19 de noviembre de 2004, son exhibidos unos 100 de los 146 objetos que fueron introducidos junto con los pequeños en las tumbas. Se trata de miniaturas de oro, cerámicas, textiles y plumas que por su perfecto estado de conservación enriquecen el estudio y conocimiento científico del culto incaico llevado a cabo en los adoratorios o santuarios de altura. Los niños todavía no fueron exhibidos pero las autoridades del MAAM estiman que en menos de un año el público podrá conocerlos.
“El hallazgo arqueológico, al estar en territorio salteño, le pertenece a la provincia. El Gobierno entendió que era algo único en el mundo y que estaba bajo custodia de Salta, por eso creó el Museo”, explica Gabriel Miremont, diseñador y actual director del MAAM.
El edificio donde funciona, una victoriana construcción de 1860 ubicada en pleno corazón de la capital norteña, fue remodelado y adaptado y hoy es un moderno espacio para acercarse al pasado. “Podés estudiar la historia pero desde el hoy. El planteo inicial para su diseño fue trabajar con parámetros de la cultura inca –explica Miremont–. Intentamos darle un contexto cultural a la colección y no solamente exhibir a los niños y a los objetos. Porque cuanto más conocemos más respetamos”.
De esta manera, los paneles, vitrinas y soportes fueron armados de acuerdo con la base métrica del número 4 que utilizaban los incas. El logo del MAAM, además, representa una de las cuatro regiones andinas que componían al Tawantisuyu o Estado Inca: el Chinchaysuyu, el Antisuyu, el Cuntisuyu y Collasuyu. Este último suyu es el que se corresponde geográficamente con gran parte del Noroeste y centro Oeste del actual territorio argentino.
La altura, el frío y la luminosidad del santuario del volcán fue otra característica que los diseñadores intentaron recrear en las salas. Las tumbas del Llullaillaco, a 6.700 metros sobre el nivel del mar, son las más altas de todo el Tawantisuyu y probablemente, del mundo. Y por sobrepasar a las nubes, reciben directamente la luz del Sol. “La estética del MAAM es luminosa y blanca”, explica Miremont. Y aclara: “Pero el resultado no es un edificio frío, sino que transmite paz. Las dobles alturas permiten mirar los cuatro solsticios del almanaque inca”.
Miremont señala como vanguardista el hecho de que el museo sea el único en el mundo que habla del origen de su colección: “El MAAM le da espacio a la actividad científica y al hallazgo, explica cómo se preparó la expedición, cómo se llegó a los objetos y desde qué mundo nos vienen. Por eso hay salas de arqueología de alta montaña y otra del mundo inca”, agrega.
El espacio cuenta con áreas de exposiciones permanentes y temporarias, laboratorios donde estudian los científicos, una biblioteca pública y un centro de información andina donde, por ejemplo, se puede aprender la lengua quechua. Además, hay una sala de conferencias, un bar y una tienda de recuerdos.
“Todo el tiempo hay referentes de pertenencia. No se tomaron los objetos solo desde lo estético, sino desde lo participativo. En la confitería, por ejemplo, aunque es moderna, predominan los colores salteños y la comida americana y precolombina. La idea es reforzar lo cultural desde todos lados”, afirma Miremont.
Por la peculiaridad de la colección exhibida, el interior del museo se mantiene con aire filtrado y desbacterizado, a una temperatura constante de 18º C y con un 45 % de humedad (por esto, al público se le ofrecen ponchos para su recorrida). La iluminación y el audio también son controlados a través de complejas tecnologías: la luz aumenta con la cantidad de gente y por los parlantes se oyen constantemente música y sonidos precolombinos. “Este museo tiene tecnologías únicas en América. El sistema de luces es similar al del Louvre y a la Tate Gallery de Londres”, afirma Miremont.

Una comunidad que sigue viva
Los descendientes del pueblo inca que viven en Salta, según cuenta el director del MAAM, no sólo aprobaron sino que participaron del crecimiento del museo. “Sienten que todo se tomó con respeto y cuidado. Entienden eso de que cuanto uno más sabe de algo, más lo cuida”, dice Miremont. La música, las canciones y los textos del MAAM fueron realizados o revisados por los amautas, máximas autoridades dentro de la comunidad inca salteña. Aunque se trata de testimonios del pasado, “es una comunidad que sigue viva en tradiciones, costumbres y hasta en genética”, afirma Miremont. Según cuenta, algunos pequeños que visitaron el museo y pudieron conocer a “Los Niños del Llullaillaco” se reconocieron similares en fisonomía.
Concluye Miremont: “Este no es un museo de historia sino de continuidad”. Los tres chicos y los objetos que los acompañaron en el camino al más allá fueron puestos en la cima del volcán para agradecer a los dioses los ricos frutos y la salud de la tierra. También, para contarnos la historia de un pueblo que fue grande, y que todavía sigue vivo.

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