Nos subimos a La Trochita, el mítico expreso que desde 1945
une las localidades de Esquel, en Chubut, e Ing. Jacobacci,
en Río Negro.
El primer indicio es visual y se descubre aun a la distancia. Una nube espesa que se eleva presurosa cuando la chimenea de la vieja locomotora Henschel Nº 105 empieza a escupir sus densas bocanadas de vapor. Los lugareños lo saben y los turistas lo intuyen: una vez más, el Viejo Expreso Patagónico calienta sus motores para internarse en la maravillosa geografía que rodea a la ciudad de Esquel, en la provincia de Chubut. La postal es perfecta y, aunque uno podría quedarse en la estación durante horas, es tiempo de sumergirse en un viaje que recorre mucho más que algunos kilómetros. Un viaje que nos hará retroceder unos 60 años y nos llevará a revivir –y a redescubrir– la historia de esta Patagonia profunda, desértica y siempre encantadora. El maquinista se asoma por la ventana, hace sonar su silbato y lentamente comienza la marcha. Aquellos que se quedaron en el andén en busca de la mejor foto disparan un último click y corren para alcanzar la formación. El traqueteo se vuelve un poco más intenso y obliga al cuerpo a acompañar el simpático vaivén de los vagones de madera. Los oídos se inundan con el inconfundible taca-tac, taca-tac… taca-tac, taca-tac… Ya estamos todos a bordo, bienvenidos a La Trochita.
Una brisa leve nos refresca la cara y a través de la ventana nos llegan olores, colores, sabores. El inconsciente es sabio cuando nos trae a cuenta aquella escena de la película El profesor patagónico, en la que Luis Sandrini se asoma por una de las pequeñas ventanillas del tren para gritar: “Aquí se respira Patagonia por los cuatro costados”. Mientras cruzamos el arroyo Esquel y bordeamos el camino que conduce a La Hoya, el centro de actividades invernales de la localidad, la mendocina Erica Paludi se presenta como nuestra guía y compañera de travesía y, entre mate y mate, nos invita a sumergirnos en este viaje al mundo de los recuerdos.
Empezamos con el nacimiento del siglo pasado, cuando la red ferroviaria de nuestro país se estaba convirtiendo en el ‘sistema nervioso’ del desarrollo económico local. En aquel momento, ir desde la Cordillera hasta la costa chubutense podía llevar hasta tres meses. “Para 1922 ya habían adquirido los vagones y la maquinaria (incluso de reserva, para tener repuestos) y comenzaron con el trazado de esta trocha de 0,75 m, muy angosta y, por lo tanto, súper económica”, repasa Paludi, quien junto a sus colegas Federico Castro y Livia Kononczuk compiló la historia del Viejo Expreso Patagónico en el libro Patagonia sobre rieles. Ingeniero Jacobacci, en la provincia de Río Negro, fue la primera de las 12 estaciones. Y 23 años más tarde, llegaron a Esquel. “Los rieles se instalaron a pico y pala. Son 402 km de vías con unas 650 curvas para facilitar el frenado y el ascenso de las pendientes”, agrega. Además de los pasajeros que subían en las estaciones, el tren se detenía cada vez que algún paisano le hacía señales desde el camino. El viaje completo podía extenderse entre 14 y 20 horas y, para matizar la espera, los pobladores llevaban todos los elementos necesarios para preparar huevos fritos, carnes y hasta chorizos en las salamandras que calefaccionaban cada uno de los vagones. Es que más allá de los traslados internos, funcionaba esencialmente como un tren de carga, que se utilizaba para abastecer de materias primas a los rincones más remotos.
Ahora pasamos por una finca en la que se cultivan frutos finos y más adelante, el ganado pasta apacible en un terreno regado de sauces amarillos. Es fácil comprender entonces por qué el entrañable ‘trencito’ se fue ganando el cariño de lugareños y buena fama entre los extranjeros (tanto que el escritor Paul Theroux le dedicó el título del libro que publicara en 1978, con el relato de su viaje en tren desde Boston a Esquel). Paludi retoma el relato y advierte que, en sintonía con el resto de los ramales ferroviarios, la frecuencia de los viajes fue disminuyendo y cerró sus puertas en 1993. Pasó a pertenecer a los gobiernos provinciales y al año siguiente se implementó el servicio turístico que une las estaciones de Esquel y Nahuel Pan y otros recorridos alternativos. En 1999, fue declarado Monumento Histórico Nacional (www.latrochita.org.ar).
Con el olorcito a café con leche que sale del vagón comedor llegan Marisa Pérez Serrano y Eduardo Paillacán, músicos del Dúo Patagonia Epú oriundos de la comunidad Nahuel Pan. Guitarra y kultrún (instrumento de percusión autóctono) en mano, nos regalan dos maravillosas baladas en mapuzumgun (lengua mapuche). Entre tema y tema aprovechan para hablarnos sobre las costumbres de su pueblo, los rituales religiosos y la fuerza protectora que emana el cerro Nahuel Pan.
El viaje era tan largo que los pobladores llevaban todos los elementos necesarios para preparar huevos fritos, carnes y hasta chorizos en las salamandras que calefaccionaban cada uno de los vagones.
Llegamos a destino y mientras los lugareños ofrecen tortas fritas, empanadas y una gran variedad de artesanías, la vieja locomotora Henschel Nº 105 se desprende de la formación para dar la vuelta y acomodarse antes de emprender el regreso. Entonces la vemos moverse con todo su esplendor. Firme, erguida, ella avanza y despide orgullosa esas enormes bocanadas de humo. Inequívoca señal de que La Trochita sigue andando.
Por Einat Rozenwasser, enviada especial / Fotos: gentileza IGGY/Lisandro de la Colina
En 1922 se compraron 81 locomotoras, 56 marca Henschel (50 de trocha de 0,75 m, 4 para maniobras y 2 tenders-guía) y 25 marca The Baldwin. Son las que se utilizan en la actualidad.
Ingeniero Jacobacci, en la provincia de Río Negro, fue la primera de las
12 estaciones de La Trochita. Recién 23 años más tarde el tren llegó a Esquel. Entonces, el viaje completo podía extenderse entre 14 y 20 horas.