Segura. Tranquila. Relajada. ¿Consolidada? Son sólo algunos de los adjetivos que emana la figura de Marcela Morelo cuando llega a la entrevista. Para romper el hielo, cuenta que esa serenidad tiene su porqué. Es que acaba de arribar del Viejo Continente donde, por primera vez en mucho tiempo, se tomó casi un mes de vacaciones (en detrimento de quienes sospechan que la vida de un músico es “guitarra y panza arriba”). “Alguna que otra vez me iba a Villa La Angostura, pero no más de una semana. Ahora me desconecté del mundo durante 25 días en los que recorrí, con mi marido, las ciudades más importantes de Europa. Resultó una experiencia increíble porque fui de turista total, sin ningún grupo que me llevara o me trajera de aquí para allá, ¡nada! Además, al no manejarme muy bien con el inglés, tenía que ocuparme de cosas tan comunes como hacerme entender, lo cual fue muy gracioso. No sé, fue un relax para mi mente. Debería hacerlo más seguido”, explica entusiasmada, mientras la maquillan y la peinan para la sesión de fotos.
Pero, en realidad, no le creemos a esa cabecilla tan profesional que Marcela se haya desligado tan fácilmente de Morelo. De hecho, en esa travesía, la cantautora participó por cuarta vez de Latino Americando, un festival que, desde hace 18 años, se organiza en las afueras de la ciudad italiana de Milán durante 40 días seguidos (asisten un total de nueve millones de espectadores). “Representando a la Argentina, sólo fuimos Mercedes Sosa y yo. Eso fue algo muy fuerte para mí, un verdadero honor”, desliza orgullosa.
Es importante aclarar que el presente de Morelo se encuentra más cerca de las causalidades que de las casualidades. En lo estrictamente laboral, cumplió 10 años de trayectoria, grabó su primer disco en vivo –algo que le agrega un plus a cualquier cantante que se precie de tal–, y sus canciones son hitazos que, por un lado, conquistaron a países tan disímiles como España, Italia, Holanda, Finlandia y Japón; y por el otro, se transformaron en cánticos de las hinchadas de fútbol (si esto no es popularidad, ¿qué esú). “Es impresionante lo que me está sucediendo. A los shows viene cada vez más gente, y yo alucino con eso”, confiesa. “Pero recién ahora caigo en el momento por el que estoy atravesando. Por primera vez, me siento parte de la música argentina. Todo esto es fruto del trabajo. Obvio, pasé por etapas no tan buenas, en las que me quise encerrar como una tortuga. Trato de crecer en lo que hago, de que cada recital o cada disco salga bien. Estoy en un lugar que yo misma me gané y que, a veces, no puedo creer haber conseguido. Pero si uno se mantiene así, siempre hay campo donde sembrar”.
Hasta aquí, hablábamos de Morelo. En el plano personal, Marcela también transita por días acordes a esa seguridad y tranquilidad que se mencionaba en un principio. Señora de las cuatro décadas, se la escucha firme al tratar temas que, otrora, le robaban el sueño. ¿Por ejemploú La maternidad, tópico que abordó en Invisible, disco al que hoy define como demasiado introspectivo y, por qué no, algo melancólico. “Escribí la canción Dulce espera cuando estaba muy metida con tener un hijo –recuerda–. Llegó a ser una obsesión. Quizás aquel álbum salió triste, sí, se ve que no estaba muy contenta, pero no me arrepiento ni me castigo por haber abierto al público algo tan mío. Yo hago lo que me sale, y el estado de ánimo influye. Ahora estoy en otro estado en cuanto a ser mamá. Lo vivo más relajada, ya acepté la realidad. Tengo otra filosofía: me di cuenta de que se puede ser muy feliz sin tener hijos. No tengo por qué tenerlos. Me hubiese encantado o me encantaría ser madre, pero ya no lo creo, ¡estoy grande! Ya está, estoy bien, lo entendí. Hay muchas mujeres que no tienen hijos o no pueden tenerlos y pasan por muchos estadios. A algunas las escucho y me reconozco: ‘¡Yo estaba así!’. Igual, ya le enganché el otro gusto: ¡los sobrinos! (se permite reír). ¡Tengo tantos! ¡Los malcrío y después me voy a mi casa! (más risas). Antes de que me preguntes: no es que haya perdido las esperanzas, pero dejé de esperar, lo cual está bueno. No voy a aguardar toda la vida algo que, si no vino, será por cierta razón”.
“Nací cantante”
Es inevitable que la Morelo que disfruta las mieles de este 2008 no se remonte a la Marcelita de Lanús que, a los siete años y motivada por un abuelo bandoneonista, asistió hasta los 14 a un conservatorio en el que estudió guitarra, teoría y solfeo. “A poco de recibirme de profesora, abandoné”, acepta. ¡¿Cómo?! “Es que me volví una adolescente rebelde y disparé para cualquier lado. ¡No quería estudiar más! (risas). Pero siempre tuve la convicción de que quería ser cantante. Nací cantante. El otro día mis primas me mostraron un cassette en el que me grabaron cantando con nueve o diez años. ¡Era re afinada! Nunca fantaseé con otra profesión; mi vocación fue más fuerte que todo”.
A partir de allí, inició el camino obligado: anotarse en un coro, tocar en pubs y grabar jingles hasta… Hasta que le enseñó sus canciones a su actual pareja, productor y bajista, Rodolfo Lugo. “Al principio no me dio mucha bolilla, pero después me propuso grabar un demo con tres canciones, en el que incluí Manantial, Tanto amor y Mi reino pobre. Lo presentamos en una multinacional, escucharon nada más que 10 segundos de cada canción y me ofrecieron firmar un contrato. ¡Casi me infarto!”, rememora.
Después, lo conocido: sus seis discos editados, y el boom que provocaron aquí y allá composiciones como Corazón salvaje, Esperar por ti o La fuerza del engaño. Crecieron los seguidores, es cierto, pero lo que no cambió fue el apoyo de papá Eduardo, mamá Nelly y los hermanos Walter y Erica. “Mi familia es la que me baja a tierra, son los que conocen el detrás de escena –afirma–. Mis viejos me apoyaron siempre. Es difícil que te vaya bien en la música, yo tuve mucha suerte”.
–Pero a la suerte se la ayuda, Marcela. Quienes trabajan con vos coinciden en que sos muy perseverante y aplicada.
–Sí, pero la disciplina la adquirí con el tiempo. Me gusta mucho estudiar, le dedico bastante a los ejercicios de vocalización, a ensayar con la guitarra o el charango. En mi actividad todo el tiempo está en juego la creatividad y eso me hace sentir bien. Por eso me armé mi propia rutina: me levanto temprano, hago ejercicio físico, yoga y meditación. Después de eso, desayuno bien y ya me pongo a trabajar en un estudio que me armé en mi casa, y donde estoy grabando mis discos. Es un placer, imaginate, ¡a veces hasta lo hago en pijama! Parece como que no hago nada, pero cuando termina el día ¡hice de todo!
–Me imagino que no debe ser todo color de rosa. Debe haber sacrificios, ¿o no?
–Bueno, sí. Las giras son divinas, aprendés muchísimo en la ruta y me permiten conocer varios lugares de mi país. Pero, a veces, me da un poco de pereza cuando pasa el micro por mi casa para irnos de viaje. O cuando te tocan fechas especiales y te invade la melancolía, la soledad. Hay que saber cómo sobrellevarlas.
Zen
Debajo del escenario, Marcela es frescura por donde se la mire. Esa espontaneidad le valió anécdotas de las buenas, como cuando le regaló a la presidenta el libro Un curso de milagros. A lo que Cristina le respondió sonriente: “¿Vos creés que yo necesito muchos milagros para que todo esto cambié”.
Onda zen, bautizó Fuera del tiempo al concierto que grabó el 25 de julio de 2007. “Para la cultura maya, ese día es el 365 de su calendario; una fecha muy especial y espiritual en la que uno se prepara con mejores energías para purificar el alma, crear un espacio para el juego, el arte, la magia y la creatividad”, instruye. “Con ese cd siento que cumplí un ciclo en mi carrera. Ahora estoy entrando en otro en el que tengo buenas sensaciones y muy lindos encuentros con la gente. Me tratan muy bien. Tiene que ver con lo que te comentaba de sentirme dentro del cancionero argentino. Yo entrego todo, porque el otro siempre espera algo de vos. Así me gustaría que me recordaran: como una artista que, desde sus poesías, le sirvió a alguien para algo, para reencontrarse con una persona, para enamorarse, para lo que sea”.
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