Para él la vida era alegría y lucha también. El, Randolph Randy Pausch, de 47 años de edad, tenía cáncer y sabía que sus días estaban contados, “como todos los hombres, sólo que en mi caso la cuenta es muy corta”, decía, y agregaba: “No podemos cambiar las cartas que nos han repartido en la vida, sólo podemos tomar decisiones acerca de cómo jugaremos esa mano”.
Meses atrás, Randy dio su última clase, su última lección: fue el 18 de septiembre del 2007, en el Aula Magna de la Universidad Carnegie Mellon colmada por más de 400 personas ávidas por escucharlo. Fueron 76 minutos de humor y calidez: se dirigió a sus alumnos, pero, en realidad esa lección fue para sus hijos pequeños, fue su legado, porque sabía que no los vería crecer. “Tengo diez tumores en el hígado, el páncreas tomado y me restan unos cuantos meses de vida. La quimioterapia está haciendo estragos en mi cuerpo, pero perdonen si no me muestro deprimido. He decidido vivir día tras día, alegremente, como lo he hecho siempre, porque creo que no hay otro modo de vivir”, dijo. “Simplemente, quiero disfrutar más tiempo con mi mujer y con nuestros hijos”.
Su clase son consejos para tener una buena vida, para que la vida sea una fiesta digna de ser disfrutada. Esos consejos revelan no solamente a un hombre extraordinario, a quien no puede quebrar la adversidad, sino que también son aplicables a todos los seres humanos. Su muerte causó un impacto enorme en todo el mundo.
Día tras día
Cada mañana, el profesor Pausch desayunaba con su mujer y sus hijos y luego salía a andar en bicicleta. Eucrático por naturaleza, atlético, hasta el final de sus días no descuidó su estado físico. “No sé cuánto tiempo de bienestar tengo ante mí. Vivo día tras día. Cada mañana despierto dispuesto a disfrutar un día más, y eso me pone bien. No pienso en términos de futuro a mediano o a largo plazo. ¿Para qué Y no es que caiga en un autoengaño consolador. No”. Se limitaba a hacer realidad el antiguo axioma latino carpe diem (“aprovecha el día”).
Los sueños infantiles
En la conferencia y en el libro admitió: “Me gané la lotería con mis padres, y eso me permitió cumplir con algunos de mis sueños infantiles”. De chico, él quería jugar fútbol americano en un gran equipo, ganar muñecos de peluche en los parques de diversiones, participar en algún filme de Disney, ser el capitán Kirk (el comandante de la serie Viaje a las estrellas) y publicar algo en la Enciclopedia Mundial. Y bien, no pudo jugar en las Grandes Ligas, pero jugó béisbol; no fue el capitán Kirk, pero publicó en la Enciclopedia y, ya adulto, y experto en computación, colaboró en el filme El Rey León. “Cada uno tiene sueños infantiles diferentes y debe cumplirlos o tratar de cumplirlos”. Una de las lecciones que agradeció a sus padres –y que él transmitió a sus hijos– fue la de “no esperar que los demás hagan las cosas por ti; cada uno debe ponerse en acción”.
Randy admiraba profundamente a su padre. “Casi todos los días cito a mi padre ante la gente, en parte, porque cuando uno imparte la sabiduría de otra persona, parece menos arrogante, y lo que dices es más aceptable. Mi padre también me advirtió que, cuando me encontrara en una posición de poder, tanto en el trabajo como en las relaciones personales, siempre jugara limpio. ‘El hecho de que ocupes el asiento del conductor no significa que tengas que atropellar a la gente’, me decía”.
“Es importante –decía Randy– tener sueños específicos”. Aludía al hecho de que todo no es posible, pero en la medida en que disciplinemos nuestros propios sueños, estaremos más cerca de convertirlos en realidad.
Cuando su enfermedad se presentó, tomó una decisión: “Cualesquiera que sean las noticias de los exámenes médicos, no voy a morir al escucharlas. No moriré al día siguiente ni al siguiente de ése. Así que hoy, en este preciso momento, es un día maravilloso, y cuánto lo disfruto. Entonces lo supe: así viviría el resto de mi vida”.
El Primer Pingúino
Pausch contaba a quienes no lo sabían una costumbre que practican los pingüinos. Afirmaba que, cuando deben arrojarse al agua, uno lo hace primero para advertir a los demás si hay depredadores que puedan atacarlos. Eso, que a veces implica sacrificarse por el grupo, evita muchas muertes. En sus clases, el profesor instituyó un premio llamado “Primer Pingüino”, que otorgaba a los alumnos que hubieran corrido el mayor riesgo al aplicar nuevas ideas o nuevas tecnologías, independientemente del resultado obtenido. “La experiencia es lo que obtienes cuando no logras lo que deseabas”, explicaba. “Tienes que soñar en grande, planifica en grande, fíjate grandes metas y haz lo posible para cumplirlas. Cuando el hombre caminó por primera vez sobre la Luna, en 1969, yo tenía ocho años, pero supe que casi cualquier cosa era posible. Fue como si a todos nosotros, alrededor del mundo, nos hubieran dado permiso para tener grandes sueños”.
Y añadió: “Nunca pierdas la magia de la infancia. Es demasiado importante y es lo que nos mantiene vivos. No te lamentes si algo parece no ir bien, sólo trabaja más duro. Encuentra lo mejor en todo el mundo. Quizás tengas que esperar largo tiempo, pero finalmente la gente mostrará su mejor lado”.
A pesar de que no siempre pudo alcanzar sus deseos, Pausch dedujo que los obstáculos eran, en realidad, oportunidades para alcanzar otras metas, desafíos que uno no se había planteado con anterioridad. Usaba una metáfora para los obstáculos: el muro de ladrillos que a veces se interpone entre nosotros y nuestras metas (tanto en las metas profesionales como en las personales). Y agregaba que ese muro está para ser saltado o derribado, que todo depende de nosotros. “El poder del entusiasmo, junto con el de la perseverancia, conseguirá derribar el muro. No tengo dudas al respecto. Y quien persiste con empeño en alcanzar sus metas lo comprobará”, confesaba con energía.
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