Planeta interno
Tras el timbre, abre la puerta antigua del edificio del barrio de Villa Crespo una jovencita rubia de rostro familiar: es María Alché, la misteriosa Amalia de La niña santa. María da la bienvenida al Universo Martel y hace entrega de su llave: “Pasen... Saben qué piso es, ¿no?”. María se va, pasa la posta y, en su lugar, entran esta cronista y la maquilladora. Serán tres pisos de curiosidad ascendente. Primero, segundo y tercero: su casa, simplemente su casa, su mundo. Ella, el pelo largo, castaño, liviano, una figura delgada vestida de negro, anteojos con estilo, un andar particular. Es Lucrecia Martel, quien recibe con alegría, se mueve, va y viene, siempre envuelta por el humo del habano que lleva en su mano derecha.
Qué linda casa, la de Lucrecia. “Fue el atelier del pintor del retrato de San Martín. ¿Viste ese tan conocido en el que se lo ve viejito en Boulogne-sur-Mer? –pregunta–. Este edificio es de 1928; fue el primero de Buenos Aires que tuvo ascensor”, dice y comparte una suerte de entusiasmo por lo curioso del dato que acaba de dar. Pone música en su notebook –una que no sabe qué es, pero que le recuerda a Vértigo, de Hitchcock– y, una vez ambientado el set, la directora y guionista de Rey muerto, La ciénaga, La niña santa y la reciente La mujer sin cabeza, se sienta a conversar: bienvenidos todos, al planeta marteliano.
Lucrecia cotidiana
Lucrecia dirá que la mayoría de su ropa es negra (y que si alguien abriera su valija alguna vez preguntaría si alguien ha muerto), que le gusta cocinar, que el desorden es porque aún no hizo los placares, y que lo único que usa para su rostro es rouge. Sus labios, explica, están lastimados porque desde chiquita, toda vez que se pone nerviosa o ante cualquier modificación de ánimo, se le se secan y se le parten. Hoy no es estrés lo que la aqueja a nuestra directora, salteña de nacimiento y porteña por elección, es simplemente falta de descanso corrido. “Ayer fue una noche de trasnoche de esas impensadas, porque un martes y en este edificio, que los vecinos no son afectos al baile, que se arme un bailongo es medio raro…”. Sucede que anoche, amigos salteños y músicos la visitaron y comieron y tocaron y bailaron hasta tarde.
La casa de Martel es luminosa. En su living, latas con los sobrantes de sus películas lucen apiladas; hay colgados barriletes con dibujos chinos que cada tanto remonta, una biblioteca con libros de medicina, la base de una antigua máquina de coser Singer y, sobre ella, un atado arrugado de cigarros mexicanos. También hay cajas de habanos, armas antiguas, vírgenes del tamaño de una muñeca y un antiguo sillón de dentista. “Eso me lo compré en el Cotolengo de Pompeya: iba a comprarme una cama, me fascinó y me lo traje”, dice. La cama, en cambio, debió esperar: aquel antojo la dejó sin dinero.
–¿Qué tiene Lucrecia Martel en la cabeza?
–Más o menos lo mismo que todo el mundo (dice, mirando hacia arriba mientras le pasan rimel a sus pestañas). El noventa por ciento ocupado por problemas inútiles de todos los días, de la supervivencia. Yo creo que la única diferencia entre las personas que nos dedicamos a hacer narraciones y cualquier ser humano que anda por la calle es que uno ha encontrado la forma de expresarse. Pero en verdad, todos tratamos de construir sentido a algo bastante sin sentido que es la existencia. Me parece que en este juego estamos todos, y lo hacemos todos los días. Consciente e inconscientemente. La dinámica de la vida no es tan enloquecida como para que no te permita pensar en la muerte, en qué hace uno, en qué va a dejar, qué no va a dejar, para qué tanto esfuerzo… No sé la vida de Paris Hillton (ironiza y hace reír a quienes la escuchamos). Es la cosa mitológica que hay en torno a la gente que está en algo narrativo y público.
–¿El haber tomado trascendencia pública te genera una exigencia mayor?
–Yo pienso que sí. Un ejemplo: hay ciertas veces que sabes que hay situaciones públicas donde es más probable que alguien te esté mirando, a diferencia de lo que era antes mi vida, pero tampoco soy una persona de salir mucho ni de estar en situaciones, eventos, cosas del ambiente, que sería quizás donde más me podrían reconocer. En la vida diaria voy al chino, y el chino no tiene ni idea de que soy Lucrecia Martel, voy a la ferretería, el ferretero tampoco…
Y a la –insólita– pregunta de dónde se siente más cómoda, si en cosas del ambiente o en la ferretería, responde entre risas: “¡En la ferretería me siento muy cómoda! Me la paso arreglando cosas para mi casa que son así como detalles, los dispositivos técnicos, mecánicos sobre todo, me encantan”.
El último, abuela, el último
Sobre una mesa de madera hay un mapa de grandes dimensiones de la ciudad de Buenos Aires cubierto de un papel manteca con anotaciones y líneas que cruzan la ciudad de un punto al otro. Al lado, un cuaderno de tapas negras y hojas como de papel de Biblia. En ese anotador Lucrecia toma apuntes del proyecto en el que trabaja actualmente: el guión de una película de ciencia ficción basado en El Eternauta, el cómic de Héctor Oesterheld.
La luz natural de la casa empieza a caer y ella invita algo para tomar: “¿Moscato?”. No, gracias, café. Y entonces, pese a que por conversar, la pava se pasa de hervor, prepara uno riquísimo y lo sirve en unos tazones blancos y grandes, como de sopa. Entre medio, ya sabemos qué tiene Lucrecia en la cabeza, y es un buen momento para averiguar qué tiene en el corazón. Ante la pregunta, ríe y responde: “Más o menos lo mismo que todo el mundo. Sangre que va, que viene, con más o menos oxígeno. Ahora mis amigos, mi familia. Me separé hace como ocho meses, así que por ahora no hay nada más”, confiesa.
–Cuando saliste del baño dijiste que el rimel te hacía vieja. ¿Tenés un tema con la edad?
–A nadie le gusta ver cosas que te gustan menos de tu cuerpo. Pero de cualquier manera, cada año que pasa se inauguran experiencias nuevas.
–¿Y te das cuenta de ellas al final del año o cuando las estás transitando?
–Cuando las estoy transitando. El hecho de estar escribiendo en un frenesí muy grande, en medio de la promoción y el estreno de la película que acabo de terminar, es una situación nueva para mí. Antes me tomaba más tiempo para una cosa y otra. Yo siento que cuando estoy filmando, ya me estoy deshaciendo de la película. No necesito distancia de lo anterior, sino tiempo para lo que sigue. En general, empiezo a escribir mientras estoy terminando el sonido, como si todo lo de pensar en esa película ya hubiera pasado, porque lo hago durante la escritura, entonces no siento que mi cabeza está ocupada.
–Es un trabajo gigante el de la escritura de una película, ¿no?
–¡Ay! (exclama). ¿Sabés que hoy justamente hablaba de eso con una amiga? Es agotador. Es como que yo te diera pedacitos de piedras y te dijera: “Con todos esos millones andá a construir la catedral”. Y vos decís: “¿Por dónde empiezo?”.
–Y vos, ¿por dónde empezás?
–Mirá. En el caso de El Enternauta, es distinto, porque la historia ya está escrita. Pero igual es un universo enorme de verosimilitudes que hay que armar. Cuando hago mis propios guiones, el proceso previo, que me lleva unos cuantos meses, a veces casi un año, es una recolección de elementos y cosas diversas que yo siento que están unidas, no sé cómo, pero siento que tienen que ver unas con otras. Y después, poco a poco, cuando ya tengo una leve idea de la trama, esa colección de elementos se empieza a acomodar. Hay gente que puede decir: “Tengo una idea para hacer una película”, y te la resume en tres líneas. A mí no me pasa de esa manera. Son como cosas flotando. Cuando estoy en la etapa de la escritura, siento eso, como si estuviera en medio de una explosión donde todas las cositas están sueltas y todavía no son nada.
Martel asegura que el momento más placentero del proceso de creación de una película, “el más profundamente placentero”, es el de la escritura. Y que cada filmación, en cambio, es como una fiesta. También dice que nunca termina un rodaje con la convicción de que hizo lo mejor. “Suponte que desaparece la humanidad (¡horror!), y yo quedara sola: si yo viese mis películas sin que nadie las hubiera visto, no sabría si son fallidas totalmente, fracasos absolutos, obras maestras o películas que están bien. No podría decir nada. Porque para mí, eso es cuando el otro me lo dice. Yo por mí misma siento que es lo que tenía que hacer, pero no tengo un juicio de ‘¡genial!’. Son cosas que después llevan una complejidad de factura que no sabés, en ese proceso, qué puede pasar”.
–¿Qué hay tangible de Lucrecia Martel en tus películas?
–Todo y nada. Vos imaginate que para construir una película con esos pequeños guijarros que te decía, todo lo que has vivido te sirve; es lo que sabés en detalle, lo que te ha pasado físicamente en detalle. Sabés qué modulación de voz tiene una persona, qué volumen, qué gestos, lo conocés en detalle, tanto lo que te pasó a vos como en el entorno tuyo, entonces está lleno. Y si vos juntás todo lo que escribís, vas a encontrar cosas que se repiten. Algunas son deliberadas. Uno intenta encontrar la particularidad en la persona que hace algo, y yo siento que esa particularidad es común a todos los seres humanos. Yo no siento ninguna operación particular en eso. Lo particular es un sistema artificioso de todas esas cosas para que conformen una película. Creo que a cualquier persona que le explicaran cómo filmar, y filmase sus ideas, sus emociones, terminaría siendo muy personal.
–¿Entonces una película es una reconstrucción de escenas, momentos, vivencias?
–No, ¿sabés que no? Vos usás tu experiencia para otra cosa, y esa otra cosa es como un dispositivo. Todo eso que me pertenece no me describe completamente, es mi esfuerzo por comunicarme con vos, hay una construcción, un procedimiento técnico en todo eso.
En las películas de Martel está lo dicho y lo sugerido, lo manifiesto y lo ambiguo. Y entre todo, siempre una historia fuerte. ¿Si hay un intento por exorcizar algo dentro de ella? Responde: “Aunque nadie te lo pida, uno hace una película para los demás, no para uno. Uno hace una película casi como para conversar. La película es como un eco organizado de tal manera que evoca muchas cosas de vos, pero en sí no es más que eso. Por eso me parece que a las películas no hay que darles trascendencia como piezas de museo; las películas sirven en tanto circulan y se vuelven de los otros”, dice Martel, quien asegura tener ante la vida una “actitud un poco sospechosa de que van a pasar cosas milagrosas”, la misma Martel que le teme a los aparecidos, a que un eventual Drácula la sorprenda por la ventana y la que duerme durante un mes con la luz encendida luego de ver una película de terror.
–¿Y vos podrías hacer una de terror?
–Sí, pero me daría mucho miedo. Y en esta película (por La mujer sin cabeza) todos tuvimos una sensación de algo terrible en esa casa y, de hecho, se postergó un día el rodaje, y después nos contaron que había sucedido un evento trágico en esa familia. Pero hasta que lo supimos, todo fallaba en el rodaje, y teníamos miedo de quedarnos en esa casa. Filmé dos minutos un espejo con mi cámara manual porque dije: “Si acá hay un misterio, se va a revelar con esa toma”. Después lo vi y no aparece ningún fantasma (cuenta y ríe).
–Eso es parte de un gran juego también, ¿no?
–Claro, sí. Es lo más infantil que te queda. En mi casa todos saltamos para subir a la cama, por miedo a que algo nos agarre de los pies.
Todo ese mundo de fantasías –tan tremendas, pero tan fascinantes– tiene que ver con su infancia de provincia y… ¡con su abuela! Ella era quien narraba a la pequeña Lucrecia y a sus seis hermanos “los cuentos más horrorosos que se pudieran contar”. Tanto que un día papá Martel tuvo que prohibirle a la anciana que lo siguiera haciendo, pese al gusto de los chicos, que pedían por favor el último, abuela, el último. “Era el placer de tener miedo. A todos los chicos les gusta tener miedo”.
–La mujer sin cabeza es un thriller. ¿Hay un paso más?
–Sí, lo que estaba escribiendo. Si no hubiera empezado con El Eternauta, mi próxima película era así: una de miedo.
–… No creo que la vea…
–¡Yo capaz que tampoco! (dice y suelta una carcajada).
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