Investigación

Te amo
Te odio

 

Admirar o envidiar

Para Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, el análisis del exitismo abarca una segunda visión: la de amar o envidiar. Y lo explica: “En la última visita de Cristina Kirchner a Brasil, dijo que envidiaba a Brasil por el empresariado que tenía. Desde Buenos Aires, empresarios replicaron que ellos envidiaban a ese país, por el presidente que tenía, Lula. Un siglo atrás, el PBI argentino era el doble que el brasileño. Hace 50 años, los dos países tenían el mismo PBI. Hoy, el brasileño triplica al argentino. Esto genera en la Argentina un sentimiento de envidia hacia Brasil.
Pero también se podría decir que admiramos a Brasil porque en un siglo ha logrado ser reconocido como actor global, porque es la potencia alimentaria más importante de América Latina, porque va camino a convertirse en potencia energética, porque, por primera vez, su clase media tiene más integrantes que la baja, y porque es reconocido como una de las cuatro potencias emergentes junto con Rusia, India y China.
La diferencia entre admirar y envidiar no es menor. Quien admira reconoce el éxito del otro, lo asume, se alegra por él y suele tomarlo como ejemplo, aunque no pueda alcanzar sus logros. El que envidia, en cambio, tiene cierta tendencia a desconocer los méritos del otro, a satisfacerse si algo le sale mal, a desear que algún imponderable le derrumbe lo alcanzado, para así justificar la propia frustración.
La admiración es constructiva, y la envidia, destructiva. La primera permite la felicidad a quien la asume; la segunda profundiza el resentimiento. Y ello vale para las relaciones internacionales, las sociales y económicas, las deportivas y las personales”.

 
 
Argentina, país exitista. En una cuestión de segundos, se endiosa y se maldice, se elogia y se critica. ¿Por que? somos así? ¿Es una característica nuestra o sucede también en otros pases? Aquí, voces de especialistas y protagonistas de un fenómeno que no enorgullece, pero que existe.

El comienzo de la nota que leerá a continuación tiene su propuesta lúdica. Hagamos futurología: exactamente dentro de siete días, uno de los deportistas argentinos de elite podrá bañarse en el mar de los dioses o ser el peor de los villanos. En una semana nomás, David Nalbandian será el rey que llevará a la Argentina a conseguir su primera ensaladera de plata o será aquel que no supo comandar al equipo hacia la esquiva Copa Davis. ¿Cuál será la tapa del diario del lunes? Haga su apuesta.
El planteo es extremo, claro. Pero así es el exitismo, conjuro extraño que transforma en un abrir y cerrar de ojos el sí en no, el blanco en negro, lo mejor en lo peor, al rubio de ojos celestes en el Quasimodo de Notre Dame. De lo contrario, cómo se entiende que, en 2006, Alfio Basile fuera EL hombre para dirigir al seleccionado nacional de fútbol. El hombre que ganó cada torneo que disputó con Boca Juniors reunía cada uno de los requisitos que se exigían: barrio, códigos, mística. Nadie como él para volver a levantar la Copa del Mundo. Pero los 16 puntos que, hasta la fecha, clasifican a la “albiceleste” para el Mundial de Sudáfrica no alcanzaron, y el “Coco” se marchó con calificativos muy diferentes a los que recibió en un principio: que no trabajaba, que reducía su labor a la suerte y a las cábalas, y que no sabía conducir grupos de jóvenes estrellas.
Como pan caliente, somos testigos del fatídico presente de Diego Simeone. El “Cholo” llegó a River después de sacar campeón a Estudiantes de la Plata. El laurel le significó ser el técnico de moda: joven, de estilo europeo y hasta fashion. En síntesis: el DT del futuro. Pero los millonarios cayeron en desgracia en la segunda mitad del año, y al confeso hincha de Racing las flores se le marchitaron: que se pierde en sus tácticas, que traslada su histeria a los jugadores y, para colmo de males, que vive expuesto con los vaivenes de su ¿matrimonio?
El exitismo no se compromete con ninguna postura, se entrega, sencillamente, al canto en el que caiga la moneda. A veces, sucede a la inversa. Lo que se odia se termina amando.
La Real Academia Española define al exitismo como el “afán desmedido de éxito”. Des-me-di-do. “Si entendemos el exitismo como una extremada valoración del éxito, podríamos vincular el fenómeno a ciertas condiciones epocales que suelen ser identificadas como posmodernas”, comenta María Esther Isoardi, licenciada en Comunicación Social, docente de la Universidad de Belgrano (UB) y de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), y columnista del programa radial La alternativa. “El existismo se relaciona con la excesiva preocupación por la imagen pública, la exterioridad, la exhibición, lo efímero y la fragmentación. El exitismo condensa estas características y aparece disociado del proceso, del esfuerzo y del proyecto. En este sentido, el fenómeno excede las fronteras de la Argentina, aun cuando aquí pueda tener una forma particular vinculada a nuestros valores y costumbres”.
Para Isoardi, en la medida en que el éxito aparece divorciado del tándem proceso-esfuerzo-proyecto genera, mediante el pensamiento mágico, la fantasía omnipotente de que todos o cualquiera pueden alcanzarlo. Y de que el éxito de un individuo es el de todos, pero, curiosamente, el fracaso es siempre de uno solo. “Ese que fracasa, además, debe cargar con la frustración de los que pretendían disfrutar de los sabores del éxito, sin el sacrificio y el esfuerzo que requiere cualquier empresa”, afirma Isoardi.

Mas allá de la pelota
Como se constató en los primeros párrafos, el ámbito deportivo es, lo que se dice, “carne de cañón” en materia de exitismo. Sin embargo, en ámbitos como el político, el social o el que usted prefiera, también acontece aquello de “la gloria o Devoto”. “El argentino es ciclotímico por definición”, sentencia Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría. “En varias situaciones se suele pasar de la euforia a la más completa depresión. Hay momentos en los que nos dejamos llevar por una explosión patriótica, para después pensar que el país es un fracaso y una frustración constante. Muy fácilmente, pasamos de ser los mejores a los peores. Nos falta equilibrio y madurez para asumir nuestros defectos, para neutralizarlos o atenuarlos”.
En la misma línea, el sociólogo Matías Bruera cita al pensador español José Ortega y Gasset. “El dijo que la Argentina simula ser algo que no puede ser, entonces lo que es, lo es falsamente. Aquí todo sucede de un modo exacerbado”, descuenta el especialista. “¿Por qué? Porque desde hace décadas que subsiste el imaginario colectivo –erróneo– de que la Argentina es diferente a los demás, de que debiera ser lo que significó Grecia para Europa, de que no responde al ser americano. No sólo que no es así, sino que se nos impregnó una cuota de exitismo que desembocó en divisiones que se traslucieron en ‘civilización o barbarie’, entre otras. Por otra parte, si hay una fuerte impronta de exitismo, es porque hay otra de frustración: somos una gran promesa fallida. Convivimos con la idea de que nos sabemos cultos, pero hay un anagrama que es muy fuerte: con las mismas letras que componen la palabra argentino se puede escribir ignorante”.
Isoardi se suma al debate y acota que el exitismo es alimentado por una cultura orientada más al consumo que a la producción; a ver, más que a hacer; a opinar, más que a participar. “En esa lógica queremos éxito, fama y gloria, pero instantánea y eternamente. Ese éxito es pura ilusión, por eso la decepción y la furia que se descarga contra aquellos que creíamos que podían y no pudieron”, define.

“Papanatismo”
En su columna “Maneras de vivir”, de El País Semanal , la española Rosa Montero escribió: “Mientras el famoso triunfa, por lo general, hay un papanatismo reverente. Pero en cuanto el personaje pega un tropezón, los mismos que instantes antes lo adoraban se le lanzan a la yugular como en un frenético festín de tiburones”. Y agregó: “Me asombra la banalidad con que la gente usa los verbos fracasar y triunfar, como si fueran valores absolutos y permanentes. No hay nadie que fracase o que triunfe en todo; y, desde luego, nunca es para siempre”.
Como se observa, las habas se cuecen aquí y allá. Por eso, cada vez es más notorio que una de las frases de cabecera de Carlos Bilardo, actual manager de las selecciones de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), no sea sólo patrimonio criollo. “Si la pelota pega en el palo y entra, sos un fenómeno; si la pelota pega en el palo y sale, sos un desastre. Si salís campeón, te vienen a buscar dos millones de personas; si no, te queman la cabeza”, repitió hasta el cansancio quien, tal vez, haya sufrido la peor de las persecuciones previas al Mundial de México 86 (los malos resultados previos a la competencia hicieron que hasta desde el poder político pidieran la renuncia del doctor; una vez conseguido el torneo, el horizonte fue otro: aparecieron las famosas banderas con la leyenda: “Perdón, Bilardo”).

Borges y Maradona
Exitismo y moda quizás no sean sinónimos, pero caminan de la mano. Hace no muchos años atrás, ¿quién entendía de rugby, hockey, básquet o tenis? Pese a ello, los triunfos (el éxito) en cada una de estas disciplinas despertó una fiebre por Agustín Pichot, Magui Aicega, Emanuel Ginóbili, Juan Martín Del Potro y cía. (fanatismo que llegó a límites insospechados como levantarse ¡de madrugada! para gritar un gol de Las Leonas). Ojo, tampoco ellos se salvan de las críticas si no corrieron con suerte (casos Gastón Gaudio y Guillermo Coria).
“El fenómeno del exitismo se expresa con claridad en el deporte”, asiente Isoardi. “En este punto, es importante señalar la mediatización y la espectacularización de los protagonistas. Pero ver fútbol, por ejemplo, no es lo mismo que jugarlo, y opinar de fútbol no se equipara a dirigir un equipo de fútbol. Los medios –sobre todo, la televisión– cuentan con un periodismo centrado en el comentario vinculado a los resultados y no a los procesos. Así, cuando ganan, ganamos todos; cuando pierden, pierden ellos”.
El periodista deportivo Horacio Pagani describe en su libro El verdadero fútbol que le gusta a la gente que en el mundo de los exitistas, de aquellos que sólo ven pasar la vida según los números que coronen los rendimientos, no se atiende a las razones, las circunstancias, los azares y todo el rico interior de los desarrollos. “El problema es comprender esto para actuar en consecuencia”, analiza Fraga. “Somos Borges, el escritor latinoamericano de cultura más universal, y Maradona, el ídolo popular amoral. Somos ambas cosas a la vez, y hay que asumir que somos un pueblo complejo, ambiguo y contradictorio”, concluye.