Salud
Vivir con diabetes
 
 

Falsos conceptos sobre la diabetes

1. La diabetes no mata. Mata a aproximadamente 3.8 millones de personas por año.
2. La diabetes es una enfermedad de los países desarrollados. No. En muchos países de Asia, Medio Oriente, Oceanía y el Caribe, entre el 12 y el 20% de la población es diabética.
3. Atender la diabetes no es caro. Es costoso y tiene el potencial para mutilar cualquier sistema de atención de la salud.
4. La diabetes es una enfermedad de personas mayores. Afecta a todos los grupos etarios. Aproximadamente 246 millones de personas entre los 20 y los 79 años de edad tendrán diabetes.
5. La diabetes afecta más a los varones. Impacta sobre uno u otro sexo y su incidencia se incrementa entre las mujeres. También aumenta en gran medida entre la juventud.
6. La diabetes es consecuencia de elegir un mal estilo de vida. Sí en la diabetes tipo 2, ya que influyen el sedentarismo, la obesidad y la ingesta aumentada de grasas e hidratos
de carbono. Pero las personas de bajos recursos no “eligen” un estilo de vida. Para la diabetes tipo 1 aún no se sabe qué influye en su aparición.
7. La diabetes no tiene prevención. La del tipo 2, sí, con un estilo de vida saludable. La diabetes 1, no.
8. Evitar las complicaciones de la enfermedad tiene un altísimo costo. Los estudios muestran que controlar la presión arterial, la glucemia y el colesterol ahorra gastos al prevenir ataques cardíacos, accidentes cerebrales, amputaciones, diálisis.

Fuente: International
Diabetes Federation (IDF).

 
 
Cada diez segundos, alguien muere en el mundo a causa de esta enfermedad que afecta a 240 millones de personas. Pero estos inapelables datos tienen una contracara: la mejora en la convivencia con la diabetes y la certeza de que la información contribuye a más altos estándares de salud y calidad de vida. El ?ltimo viernes 14 fue el Día Internacional de la Diabetes.

En primera persona
Los hermanos Baraldi figuran entre los casi 3 millones de argentinos que padecen diabetes en sus diversos tipos. Andrés, Mariano y Pedro son tres de los seis hijos de Chiche y Jorge Baraldi. Jorge era diabético tipo 2 y falleció en 2001, razón por la cual la enfermedad siempre estuvo presente, sobrevolando las escenas familiares. En distintas etapas de sus vidas, cada uno de ellos desarrolló la enfermedad (se calcula que hay un 25% de probabilidades si uno de los progenitores es diabético). Hoy conviven con la enfermedad y con su singular estilo; todos, con esperanza y concibiendo a la diabetes como algo más. No lo único; no lo más importante. “Siento que llevo una vida normal y no deseo que pase por la diabetes; mi vida pasa por otro lado”, asegura Andrés desde Funes, provincia de Santa Fe, donde vive con su esposa Juliana y sus hijos Felipe y Tadeo. “Desarrollé diabetes infanto juvenil a los 8 años. La pude aceptar gracias a mis padres, a mis amigos y al deporte. Cuando comento que hace 32 años que soy diabético, me miran como a un bicho raro, pero yo me siento perfecto”, agrega. A Mariano y a Pedro, la diabetes los sorprendió de grandes. “A mí me agarró a los 25 años (hoy tiene 43), en el momento de mayor auge deportivo, compitiendo con Los Pumas (en modalidad de siete jugadores). Después de una gira por Italia, me quedé paseando; cuando volví, había perdido mucho peso. Pensé que era común, por haber estado haciendo turismo y comiendo mal, pero orinaba mucho y tenía mucha sed. Como si nada, mi papá me dijo: `Debés tener diabetes´. Y así fue. Hoy lo cuento como una anécdota, aunque en ese momento fue duro”, recuerda Pedro, colaborador de la Asociación para el Cuidado de la Diabetes en Argentina (CUI.D.AR), ex jugador del Seleccionado Argentino en modalidad Seven y, hasta el año pasado, entrenador de ese mismo seleccionado. Por su parte, Mariano, a los 32 años (hoy, 45), bajó mucho de peso; los médicos creen que eso quizás contribuyó a “disparar” la enfermedad. “Enfrentar algo crónico fue dificilísimo; me costó asimilar algo para toda la vida. Durante los primeros dos años, aprendí a cuidarme, y lo hacía muy bien. Después aflojé un poco; al tiempo me dio un `patatús´ y terminé en terapia intensiva. Tuve que volver a acomodarme. Lo cierto es que si uno la lleva controlada, va todo bien; el problema es que, apenas te descontrolás, el cuerpo lo nota”, cuenta y dice que ante posibles hipoglucemias, siempre lleva una botellita de bebida cola común (con azúcar) en su camioneta. También comenta que, con el tiempo, el diabético va conociendo su necesidad y se autocontrola mejor: “Uno sabe que con el estrés, si te enfermaste o te insolaste, te pega distinto. Con las ansiedades, también el cuerpo reacciona de diferente modo. Con ese criterio, ajusto mis dosis de insulina a cómo pienso que va a ser mi día”. Lo bueno es que hoy, controlarse y cuidarse es tanto más sencillo que hace años. Andrés, que comenzó a padecer diabetes en los setenta, cuenta: “Ser diabético hoy no es lo mismo que hace 32 años. El cambio fue grande. Yo arranqué con jeringas de vidrio que debían hervirse para volver a usarse, y agujas del tamaño de las que, en la actualidad, se usan para animales. Es más fácil tratarse y son mejores las insulinas. Además, la mayoría de los alimentos no contiene la cantidad de hidratos de carbono que antes contenían, porque hoy es más barato elaborar productos con edulcorantes que con azúcar. Cuando era chico, recuerdo que en los cumpleaños de mis amigos, en los que se servía chocolatada con facturas, yo sólo tomaba té y galletitas de agua con queso”.

Cuando le toca a los chicos
Uno de los miedos de todo diabético es que sus hijos enfermen; es que tienen altas chances de parecerse a ellos, también en eso. Casado con Carolina Calvo, madre de sus dos hijos de 5 y 2 años y medio, Pedro confiesa: “Me preocupa mucho, pero no puedo hacer nada para evitarlo. Justamente, el problema es que, aún hoy, no se sabe por qué se manifiesta la diabetes. Trato de no ser alarmista: los controlo, voy monitoreando, por ejemplo, si tienen demasiada sed o apetito, y cada tanto, les hacemos análisis”.
El doctor Gabriel Lijteroff, jefe de Diabetología del Hospital Santamarina de Monte Grande (Buenos Aires), declara que “se trata de una patología multigénica, es decir, que depende de cierta predisposición genética: el medio ambiente actúa en un terreno predispuesto. Las personas que padecen diabetes tipo 2, que deben ingerir medicamentos orales y, eventualmente, insulina, tienen alrededor de un 25% de probabilidades de que su hijo sea diabético; si padre y madre son diabéticos, la cifra asciende de un 70 a un 80%. La mala alimentación, el sedentarismo y el sobrepeso contribuyen a que esa tendencia aparezca. Pero lo cierto es que de esas personas con posibilidades de enfermar, según estudios, el 60% puede evitar que se exprese esa predisposición con un plan alimentario y de actividad física supervisado por un médico de cabecera”.

Los cuidados de la embarazada
Previo al nacimiento de su futuro hijo, la embarazada diabética transcurre sus nueve lunas controlando, con mayor frecuencia de lo acostumbrado, sus niveles de glucemia, que en esta etapa tan especial de su vida deben mantenerse, más que nunca, dentro de los parámetros estándar. Si una vez nacido, durante su infancia o adolescencia, el niño llegara a padecer diabetes tipo 1, “todos los días de su vida necesita conocer sus valores de azúcar en sangre; por ende, son varias las veces que chequea su glucemia por día. Si bien no es grato hacerlo, esto forma parte del tratamiento que necesita para vivir igual que otros niños que no tienen diabetes. Para aquellos que, a diario, convivimos con la diabetes, los controles de glucemia se tornan una cotidianidad; la mayoría no lo vive como algo angustiante, sino importante y necesario para estar y sentirse bien. Además, deben alimentarse de una manera saludable y realizar en forma habitual actividad física”, señala Liliana Tieri, directora y fundadora de la Asociación para el Cuidado de la Diabetes en Argentina (CUI.D.AR.). Liliana es madre de una niña a quien le diagnosticaron diabetes a los dos años de edad y que, al igual que otros adolescentes (ahora tiene 13 años), estudia, practica deportes, baila, juega... “Sólo tienen que alimentarse de una manera saludable. Si de pequeños aprenden a comer sano, lo tomarán como un estilo de vida. Hoy se les permite más libertad alimentaria que años atrás”, agrega.
Emocionalmente, la condición de diabéticos afecta a algunos más, y a otros menos. “Mucho tiene que ver el entorno familiar; en la mayoría de los casos los sentimientos de los niños se asemejan a los que ellos tienen sobre la diabetes. Si la familia se enoja y no acepta la enfermedad, lo mismo sucederá con el niño. Por eso es importante el apoyo que la familia pueda brindarle para lograr una mejor adherencia al tratamiento y sentirse emocionalmente bien”, destaca Tieri, quien prefiere llamar a estos chicos “niños con diabetes” y no “diabéticos”. “Es importante que los veamos como niños con sueños, proyectos y metas y no ponerles un rótulo que en nada los ayuda”.
Lijteroff, quien es, además, presidente de la Federación Argentina de Diabetes (FAD), aconseja a potenciales enfermos y a padres diabéticos que controlan a sus hijos estar atentos a determinados signos cardinales para detectar la enfermedad. “Orinar mucho (poliuria), el aumento desproporcionado del apetito (polifagia), la pérdida de peso inexplicable y la picazón en el cuerpo son señales que orientan hacia la diabetes. El diagnóstico certero es el bioquímico. Hoy no se cura, pero sí se pueden evitar complicaciones y, en quien ya las tiene, frenarlas. Los pilares son: actividad física, un plan alimentario adecuado, fármacos y educación sobre la enfermedad, que termina con los prejuicios y fantasías que atentan contra el tratamiento”, revela.

Hábitos saludables, la clave
La relación entre la obesidad y la diabetes es estrecha, y preocupa. Marcela de la Plaza, médica especialista en Nutrición y diabetes, indica que “de las casi tres millones de personas que la padecen en la Argentina, 9 de cada 10 presentan la diabetes tipo 2, la que no depende de aplicarse insulina para vivir y tiene relación directa con el sobrepeso; un sobrepeso que hoy afecta a nada menos que el 60% de la población argentina. Es decir que el problema principal del estilo de vida occidental, hoy globalizado, es una enfermedad por exceso, bastante fácil de comprender: tenemos los mismos genes que nuestros antepasados adaptados a las hambrunas y a caminar días para adquirir su comida, y vivimos inmersos en sociedades con oferta continua de alimentos y, cada vez más, elementos de comodidad. Una fórmula infalible. Ya comenzaron a aparecer obesos en familias en las que nunca antes hubo. Cuando la grasa se ubica de la mitad del cuerpo para arriba y entre los órganos, ese tipo de grasa dificulta la acción de la insulina. Al principio, el páncreas responde con mayor secreción de insulina (hiperinsulinemia), cuando la persona todavía no tiene diabetes, pero sí presión arterial levemente aumentada, trastornos de las grasas en sangre y riesgo cardiovascular. Este sería el momento de intervenir, mejorar los hábitos alimentarios (ver recuadro “El arte de saber elegir”) y aumentar la actividad física, ya que está comprobado que la disminución de sólo un 5 ó 10% del peso actual previene el comienzo de diabetes en un 60%. La realidad es que esta situación no se trata, y el páncreas sobrecargado de trabajo termina sin poder liberar la insulina necesaria para compensar el estado de insulinorresistencia, y la persona se enferma”, plantea la especialista.