Alberto se despierta en medio de la noche con la cabeza puesta en su próxima reunión de trabajo. Hace meses que su rutina se limita a un intento frustrado por cumplir un listado de actividades que parecen estallar en su cabeza. A Virginia le sucede algo similar: se agota de sólo pensar en que a la vuelta del trabajo deberá bañar a sus hijos y preparar la comida.
Virginia y Alberto no constituyen una excepción a la regla, todo lo contrario. Actualmente, cada vez son más las personas agobiadas, es decir, las que se sienten oprimidas por una demanda del entorno que supera sus capacidades de adaptación. “El agobio es la sensación de un peso que nos doblega que, en general, se experimenta cuando hay demasiadas actividades por hacer y uno siente la carga de lo no realizado”, explica Paola Delbosco, doctora en filosofía y profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral.
Como si el mundo entero se cargara en las espaldas y se debiera caminar a los tumbos con la mirada baja, despojados de un horizonte esperanzador, las tareas se acumulan en el trabajo, y la vida familiar y social es concebida como una obligación agotadora.
La clave para escapar del agobio es descubrir que el problema se genera en la relación que cada uno mantiene con el entorno, es decir, no se trata de modificarlo, sino de cambiar la actitud. “El agobio es el resultado de una ecuación entre la percepción de las exigencias del medio y el modo en que se responde a ellas”, asegura Elena Scherb, profesora de Psicología Cognitiva de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE).
Cómo identificar el agobio
Si bien el estrés es definido por la psicología como una reacción normal frente a las demandas del medio, en la actualidad, este concepto pasó a considerarse “un proceso que puede ser la puerta al continuum ansiedad-depresión”, señala Laura Palacio, médica psiquiatra de la Fundación Argentina para la Salud Mental (FASAM).
Cansancio e insatisfacción, ausencia de capacidad para cortar con determinadas preocupaciones, interpretación de las demandas del entorno como esfuerzo y exigencia, falta de alegría y de creatividad, llanto fácil, sensación de derrota, irritabilidad... Estas son manifestaciones del agobio que, además, generan un círculo vicioso: “Cada vez que se presente la situación que dispara el agobio, se va a realimentar la sensación de impotencia que, a su vez, reafirmará la evaluación negativa. El riesgo de esta situación es que una visión pesimista de la realidad constituye un factor predisponente no sólo de algunas enfermedades físicas, sino de la imposibilidad de alcanzar grados aceptables de satisfacción en la vida”, explica Scherb.
Los factores que actúan como disparadores del agobio varían en hombres y mujeres. Desde FASAM, Palacio sostiene que “mientras que en los primeros los desencadenantes están más frecuentemente referidos al ámbito laboral, como horarios prolongados, poca valoración profesional, inestabilidad, exigencias elevadas; en las mujeres, los malabarismos entre la vida familiar y la creciente exigencia profesional constituyen los motivos más habituales”.
Lo importante es saber que, tanto en la vida laboral como en la familiar y social, “la sensación de agobio no va a depender de la situación en sí misma, sino de cómo la persona se toma esa realidad”, resalta la especialista de la UADE.
Sentirse agobiados respecto de la familia y los amigos puede implicar también una señal de alarma en el planteo de esas relaciones interpersonales, “que sólo se conciben desde los deberes y las obligaciones y no desde el dar y recibir afecto y comprensión”, advierte Delbosco.
Si el agobio invade cada uno de los aspectos de la vida y se prolonga en el tiempo, entonces, será el momento de buscar las raíces más profundas del problema. Scherb explica que “el pesimismo exagerado, el desgano, la falta de motivación, la baja autoestima, la sensación permanente de fracaso y la desesperanza son algunos de los síntomas de otra enfermedad: la depresión”.
La justa medida
El agobio no puede estar relacionado con una sensación positiva, “nunca tiene su justa medida, sino que siempre representa un exceso que se debe evitar”, indica Palacio. Se considera el estrés como una reacción necesaria frente a las demandas del entorno; el agobio, en cambio, constituye una señal de que algo anda mal en nuestras actividades o emprendimientos y de que debemos tratar de identificar y resolver ese problema de inmediato.
Cuando abandonamos la mochila del agobio, en seguida se percibe una realidad diferente. Surge la ilusión por nuevas metas y proyectos, se encuentra satisfacción en el trabajo y se contempla el futuro como una anticipación positiva.
Los pasos para escapar del agobio
- Registrar la sensación de agobio como una señal de alarma y no dejarla pasar.
- Identificar la situación que está causando el agobio e intentar una solución. El problema puede ser simplemente de organización, o más profundo y complejo e involucrar el proyecto personal.
- Si se refiere al amontonamiento de tareas, será necesario priorizar actividades y distribuir racionalmente el tiempo. En ocasiones “es mejor dejar para mañana lo que no se puede hacer hoy”.
- Si se refiere al amontonamiento de situaciones familiares, será preciso incluir este problema en el diálogo con los demás para la distribución de tareas: es probable que mostrarse como una persona con limitaciones nos acerque a los demás, y no al contrario.
- Si se refiere a la necesidad de replantearse aspectos más profundos del proyecto personal, será necesario reflexionar profundamente acerca de qué es lo que se quiere alcanzar.
Esto requiere una buena evaluación de la realidad exterior y de nuestras capacidades y deseos. ¿Cómo queremos vivir? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a sacrificar algunas cosas en desmedro de otras?
|