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La ayuda de las musas

Hace 25 siglos, Homero comenzaba la Ilíada así: “Canta, oh Diosa, la cólera de Aquiles, hijo de Pelleas”, y la Odisea: “Cuenta, oh Musa, las andanzas de aquel varón de multiforme ingenio”. A fines del siglo XIX, José Hernández también solicitó apoyo celestial: “Pido a los santos del Cielo/Que ayuden mi pensamiento./Les pido en este momento/ Que voy a cantar mi historia/Me refresquen la memoria/Y aclaren mi entendimiento”. En cuanto a los pintores, solamente Dalí admitía que Gala, su mujer, inspiraba sus obras.

 
La reciente apertura del museo que exhibe 230 pinturas de la colección de Amalia Fortabat, en Puerto Madero, pone a disposición del público cuadros célebres (uno de ellos valuado en 60 millones de dólares) de pintores europeos y argentinos. La muestra permanente ya ha sido visitada por miles de amantes del arte.

Un museo es el lugar en donde se rinde culto a las musas. Griegos y romanos creían en ellas, pero hay una cosa curiosa: las musas eran nueve, pero ninguna inspiraba a los pintores. Así, por citar sólo a algunas, Terpsícore era la musa de la danza; Clío, de la historia; Talía, de la comedia; y Euterpe, de la música. Habrá que pensar que Amalia Lacroze de Fortabat es la musa de la pintura, no solamente por el Museo de Puerto Madero, sino porque toda su vida ha apoyado ese tipo de arte. “Su colección –dice el galerista Alvaro Castagnino, hijo del célebre y talentoso pintor Juan Carlos Castagnino– es una de las más importantes del mundo. Que ahora esté a disposición del público es algo positivo. Es una colección ecléctica. Es decir, abarca varias épocas, desde el siglo XIX al actual y, por lo tanto, hay cuadros de varias escuelas. De mi padre hay cinco obras, todas muy valiosas”.

Una visita virtual
La única placa que identifica al imponente edificio (seis mil ochocientos metros cuadrados cubiertos y tres mil para exposiciones en cuatro niveles, un auditorio y sala para eventos) de estructura vanguardista de acero, cemento y vidrio dice: “Colección Amalia Lacroze de Fortabat” y está en el Puerto Madero porteño. Al lado del museo se levantará el hotel St. Regis, cadena que tiene su sede en Nueva York. La explanada de piedra que da la bienvenida tiene una vista maravillosa al río, y los grandes portones de vidrio permiten la entrada a un elegante lobby minimalista. El recorrido comienza por el “Salón familiar”; allí se exhiben los retratos de los tres nietos de Amalita, realizados por su amigo Antonio Berni y que casi no se pueden colgar porque fueron un regalo y no tenían la factura; un cuadro de Alfredo Fortabat y uno de ella pintado por Vidal-Quadras y un retrato fotográfico de Inés, su única hija, hecho por Aldo Sessa. Luego pueden admirarse obras de pintores argentinos del siglo XIX y XX, como Fray Guillermo Butler, Alice, Della Valle, Quinquela Martín, Fernando Fader, entre otros. El majestuoso Domingo en la chacra, de Berni, y la instalación de La difunta Correa están expuestos en la sala del subsuelo. Allí también se exhiben trabajos de Batlle Planas, Libero Badii, el chileno Roberto Matta y obras de Luis Benedit.
Los pisos primero y segundo son los únicos visibles desde el exterior y están cerrados por una bóveda de vidrio y acero con parasoles que evitan el sol directo. Por las noches, quedan completamente abiertos. Allí hay obras de Ernesto Deira, Rómulo Macció, D’Arienzo, Polesello, De la Vega y Nicolás García Uriburu, entre otros. Comparten escenario las geometrías y las incógnitas de Luis Felipe Noé, quien antes de brillar como pintor fue periodista.

Sin misterios
La estrella del museo es, sin duda, una obra del impresionista William Turner, cuyo valor estimado es de 60 millones de dólares. El cuadro, llamado Julieta y su aya, se ubica cautamente detrás de una placa de acrílico, tal como La Gioconda de Leonardo en el Louvre de París. ¿Por qué la precaución? Porque más vale prevenir que curar. En una oportunidad le arrojaron ácido a La Gioconda y, si bien no llegó a dañar seriamente la pintura, debió ser restaurada y protegida. En el Vaticano, La Piedad, de Miguel Angel, fue atacada por un demente con un martillo. Idéntica precaución se ha tomado con El censo en Belén, de Pieter Brueghel, segunda joya de la colección que hace medio siglo comenzó Amalia Lacroze. Ambas obras son anteriores a 1850.
Durante décadas, se supo que Amalita amaba la pintura, pero su colección era un verdadero misterio. Ahora, en el bello y extraño edificio –muy siglo XXI– diseñado por el arquitecto uruguayo Rafael Viñoly (creador del Forum de Tokio, el Centro Financiero de El Cairo y la Biblioteca de Chicago), ese misterio está develado. Las joyas argentinas también se lucen: hay obras de Pettoruti (las dos, estratégicamente instaladas e iluminadas), de Prilidiano Pueyrredón (autor de un célebre retrato de Manuelita Rosas); del extraño Xul Solar (amigo de Borges) y del múltiple Juan Carlos Castagnino. Hay también trabajos de Raúl Soldi (quien fue amigo personal de Amalita) y hasta un retrato de la propia Amalita, producto del artista pop Andy Warhol, quien se hizo famoso por sus desplantes, por elegir como modelos las latas de sopa Campbell’s y por pintar unos extraños retratos de Marilyn Monroe. El diseño arquitectónico ha sido calificado como “espartano”, por su despojo de todo elemento que pueda distraer la atención de los grandes protagonistas, es decir, de los cuadros.

Como la dueña
¿Y a qué se parece el Museo Fortabat? ¿A museos personales como el de Peggy Guggenheim de Nueva York? ¿Al Reina Sofía de Bilbao? ¿Al Malba de Eduardo Constantini, que hasta ahora era el único ámbito privado de Buenos Aires? Quienes conocen esos templos del arte dicen que todos revelan la personalidad de quienes los auspició y los inspiró. Es decir, el sentido estético de quienes fueron propietarios de una colección determinada puso su sello, y el lugar se parece a ellos. Es algo así como contar la historia de sus preferencias –y de su buen gusto– a partir de cuadros de distintas escuelas y de distintas épocas. Entonces, el Museo Fortabat se parece a Amalita. Ella puso su fervor y su conocimiento en todo: eligió las obras que se exhiben pieza por pieza. Rechazó distintos proyectos de edificio hasta que aceptó el actual. Decidió dónde debía ir cada una de las piezas, lo cual, dicen, revela el momento en que las eligió y las compró, y hasta la galería que se las vendió, en Buenos Aires, en Londres, en París o donde fuere.
Hay una pregunta que se formulan los amantes del arte. ¿Están en el museo todas las pinturas que Amalita atesoró en más de cuatro décadas de coleccionismo? La respuesta es obvia: no. Son muchas más que las doscientas treinta que se pueden ver. Se estima que son alrededor de mil obras, todas importantes. Lo que no se sabe es si, con el tiempo, las pinturas que se exhiben en estos días serán reemplazadas por otras de idéntica calidad y atractivo o se añadirán nuevas adquisiciones.