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Entrevista
Yo, la primera  
 

Ellos también hicieron historia en el Everest

• El primer hombre en llegar a la cumbre del Everest fue el neozelandés Edmund Percival Hillary, el 29 de mayo de 1953. Al cumplirse 50 años de la hazaña, y en el marco de una celebración en Katmandú, el gobierno de Nepal lo nombró ciudadano de honor. Falleció el 11 de enero de 2008.
• ¿El primer argentino? Tommy Heinrich, el 15 de mayo de 1995.
La expedición se extendió durante 35 días.
En su sitio web dice: “Porque la cumbre no debe ser el objetivo último, sino parte de ese viaje que emprendimos al nacer, en el que estamos hoy, en el que estaremos mañana”.
• El 27 de mayo de 1999, el argentino Heber Orona fue el primero que pisó la cumbre sin usar oxígeno.
• De las once ascensiones argentinas, Guillermo Willie Benegas protagonizó ocho.

 
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El 19 de mayo pasado, la neuquina Mercedes Sahores se convirtió en la primera argentina en hacer cumbre en el Everest, el monte más alto del mundo. Aquí, repasa la expedición y comparte su historia.

Entre millones y millones, la privilegiada, la que estaba allí, era ella. Sin embargo, es difícil que logre con palabras rearmar ese rompecabezas que, en este instante, son sus recuerdos. Ante esos ojos amielados, se encontraba lo que el filósofo y psicoanalista francés Gastón Bachelard definió como “una categoría filosófica del ensueño”. Frente a ella, nada menos que la mismísima inmensidad.
Ya hacía rato que el sol había colado sus rayos a su antojo, y algunas horas antes, el medidor de temperatura había colapsado a los 8500 metros de altura, cuando marcaba 37 grados bajo cero. El hito se hizo realidad a las 9.20 de la mañana del 19 de mayo de 2009. En ese preciso momento, Mercedes Sahores se convirtió en la primera argentina que hizo cumbre en el Everest, el monte más alto del planeta (en números, 8848 metros sobre el nivel del mar). Allí, en el Himalaya, entre Nepal y China, se escribió una nueva hazaña en la historia del deporte nacional (sólo cuatro argentinos habían alcanzado la meta).
Pero ya quedó atrás la expedición que la llevó a la montaña también bautizada “la frente del cielo” y “la madre del universo”. Ahora, Mercedes, Tety para quienes la conocen en la intimidad, toma un café en un bar cualquiera de la ciudad de Buenos Aires y se siente más en el llano que nunca. Y la expresión no es una mera alusión a que la experiencia ya forma parte de su pasado, sino a que el aluvión de medios de comunicación que requieren entrevistarla (su celular suena incesante) no le hace mecha a esa andar pausado, pero firme, que mamó en su Neuquén natal.
Ella saborea cada segundo de su gran presente, del bocadito dulce que le pidió al mozo y de la charla. Abre los ojos, sonríe sin pedir permiso, gesticula, pisa una palabra con la otra. Se la ve entusiasta. No le preocupa explicarle a la prensa una y otra vez el mismo cuento ni la incipiente popularidad que se ganó en buena ley. Al fin y al cabo, Mercedes transformó en un imposible la posibilidad de volar más alto. “La fama es divertida. Voy a ver cuándo me harto y digo ‘¡basta!’ (risas). Yo gozo, aunque todavía no caí del todo. Me remarcan constantemente la importancia de haber sido la primera mujer argentina en hacer cumbre en el Everest, pero me parece un tema más mediático que otra cosa. Aunque, obvio, me llena de satisfacción. ¿Dónde está el sexo débil? Si sos perseverante y constante, no podés decir ‘yo no puedo hacer tal cosa’”, revela, ¿uno de sus secretos?
Lo llamativo de las proezas es que, por lo general, son historias que no iban a ser. Es decir, el destino suele encargarse de meter la cola para hacer guiños, dar giros inesperados y pegar volantazos. “El año pasado estuve con una amiga en Bolivia –recuerda–. Hicimos varias cumbres de cinco mil y seis mil metros. Me empapé de lo que es el montañismo y el día a día en un campamento. ¡Me re sedujo! Y ya había planeado el paso siguiente, que era hacer Perú. Pero me llamó Damián Benegas y me invitó a ir al Everest. Yo le tenía algo de idea, pensé que nunca lo iba a poder escalar. Me aseguraron que estaba preparada técnica y físicamente, que lo único que tenía que forjar era una mentalidad fuerte. Era una gran oportunidad, y como mi cabeza no me iba a ganar, me dije: ‘¡Tety, arreglatelas y bancate el esfuerzo!’”.
No, no hay suspenso en esta parte del relato. El resultado ya es de público conocimiento. La comitiva con la que llegó al “techo del mundo” estuvo liderada por Benegas (el guía de montaña con el que, confiesa Mercedes, está “algo así como saliendo”) e integrada por su hermano mellizo Willie y los norteamericanos Eugene Rehfeld y Johnny Collinson (¡un joven de 17 años!). Traducido: expertos del andinismo y montañismo mundial, esquiadores y snowboardistas de montaña, escaladores y endurance runners (Willie ascendió más de 50 veces el Aconcagua y ya había hecho ocho veces cumbre en el Everest; por su parte, Damián escaló 85 veces la pared vertical El Capitán, en el Parque Nacional Yosemite en California, Estados Unidos).
Mercedes solventó sus gastos gracias a un aporte familiar, el respaldo de una empresa de indumentaria de montaña y su trabajo veraniego en la chacra de sus padres. “Decidí viajar el 18 de marzo y el 30 partí. Llegué a Nepal y, de ahí, fui a Katmandú. Tomé un vuelo a Lukla y me dirigí a Namche. El grupo inició allí la caminata hasta el campamento base, en Lobuche. Prácticamente, nos llevó diez días llegar”, repasa.

Subir, bajar, subir, bajar, subir… cumbre

Mercedes no conoce otra vida que no sea al aire libre, haciendo deportes, entrenando. De chiquita ya montaba a caballo y jugaba al tenis. Y aún guarda los planes de entrenamiento de cuando tenía once años y anotaba con sumo detalle cada actividad que realizaba. “Siempre fui muy exigente conmigo misma, me gusta estar en forma y desafiarme todo el tiempo –se define–. Sólo tuve una época en la que dejé relegado el deporte. Fue a los 17 años cuando terminé el secundario y me fui de Neuquén para ingresar a la universidad en Buenos Aires. Pero siempre despunté el vicio: en los veranos volvía a casa, y en los inviernos me iba a esquiar”.
Desde hace nueve años que Mercedes reside en Bariloche, donde se especializó en carreras de aventura (con excelentes desempeños en Nueva Zelanda, Australia, Chile, Uruguay y Estados Unidos), ciclismo, kayakismo y esquí de montaña. Sin dudas, dichas prácticas la prepararon para afrontar la cotidianidad de la montaña.
“Además del campamento base, hay cuatro más antes de la cumbre”, retoma Mercedes con la travesía. “El base es una casa en la que estuve, más o menos, un mes. Eso me sirvió para aclimatarme y prepararme para ascender, caminando un promedio de doce horas a más de ocho mil metros de altura. Entonces, era subir al campamento uno y bajar al base. Otro día, era volver al uno, dormir allí y bajar. Luego, subir, estar tres días en el uno y bajar. Esa rutina de aclimatación se hizo igual con el campamento dos y el tres. Lo que siguió fue esperar a que hubiera tres o cuatro días de buen clima y que no corriera viento al hacer cumbre. Después de chequear el pronóstico, decidimos que lo intentaríamos el 19 de mayo. Subimos hasta el campamento dos, descansamos un día, subimos hasta el tres, y ahí ya dormimos con oxígeno, ¡estábamos a más de siete mil metros de altura! En la jornada siguiente partimos hacia el campamento cuatro. Esa misma noche, encaramos para arriba. Salimos a eso de las 21.30 hacia la cumbre. ¡No veíamos nada! Amaneció mientras subíamos, y llegamos a las 9.20. Fue increíble”.
Con dudoso éxito, Mercedes trató de relajarse y apreciar un paisaje paradisíaco. Como se dijo, ella y la inmensidad se contemplaron mutuamente. “Era todo cerros, cerros, cerros y cerros”, repite sin cesar. “Lo primero que hice fue llamar a mi familia para comentarles que había llegado, que estaba bien, ¡y que había un sol espectacular!”. Y si bien papá Luis María y mamá Marta se emocionaron al escucharla, lo primero que sintieron fue… alivio. La menor de los Sahores (su hermano Ponchi vive en Neuquén y su hermana Minina, en Estados Unidos) estaba sana y salva.
La estadía en la cumbre no se extendió mucho más que media hora. “Eramos cerca de cien personas haciendo cumbre. Me impresionó esa cantidad de gente. Había chicas de Croacia, que también eran las primeras mujeres de ese país en lograrlo. Igual, me di cuenta de que si bien el Everest es el monte más alto, uno le tiene una consideración mayor de lo que realmente significa. Yo no tuve ninguna preparación específica, más allá del estado físico que mantengo. A su vez, las herramientas ya las había utilizado en lugares más complicados. Nunca sentí temor, gocé de muy buena salud, no tuve problemas, no había nada que no pudiera hacer y no tuve que pedir ayuda. No me resultó difícil”, minimiza.
Lo que sí se tornó tedioso fue matar los minutos y los segundos en los campamentos (salvo con la comida, ahí no se privaban de nada: pollo, verduras, pastas, tortas de manzana y panqueques de dulce de leche eran parte del menú), además de algún que otro riesgo, de esos que la montaña se reserva en el bolsillo. “La vida allí se hace bastante larga y aburrida. Por eso, nunca falta un buen libro, el mp3, una película o un mazo de cartas. Encima, extrañás un montón. Pero hay que aguantársela. Cuando decidís hacer algo, tenés que poner las fichas en eso y no mirar hacia atrás. Lo mejor de los campamentos fue la comunidad que se armó, cómo nos ayudábamos unos a otros. Hubo accidentes y rescates, y todos colaboraban; no importaba si venías por otra empresa ni la competencia. Hubo dos avalanchas: en una no hubo que rescatar a nadie, pero en otra se cayeron tres personas en una grieta. A uno de ellos no se lo pudo localizar. Eso te hace tomar conciencia del respeto que hay que tenerles a las cascadas. Yo le pedía a Diosito que me ayudase cuando veía que las avalanchas llegaban hasta el campamento o cuando pasaba por zonas expuestas a derrumbes”.

La casa familiar
Mercedes resalta que lo que más la conmovió no fue hacer pie en la cumbre, sino el apoyo de aquellos que le trasmitían fuerza a través de los e-mails que recibía. Esas caricias en el alma se extenderán porque, para cuando usted lea esta nota, nuestra aventurera, que es licenciada en Biología (trabajó en proyectos dedicados al estudio y preservación de los cóndores) e instructora de esquí, se habrá fundido en un abrazo con sus padres, hermanos y amigos, en la casa familiar, a la que, últimamente, regresó sólo para fechas especiales.
Con calor de hogar y una sabrosa comida de por medio, se dispondrá a leer libros de esquí o de escaladas, o, tal vez, se enganche con esas películas de montaña que tanto le fascinan. Promete prender un poco más el televisor, algo que no la atrae en absoluto. “Iba a los canales o a las radios, me pasaban los famosos por al lado y yo ni sabía quiénes eran. Estoy re desconectada, ¡no puedo ser tan colgada!”, se ríe de ella misma.
Para el futuro, hay quienes le auguran la conquista del Aconcagua, pero, a sus 34 años, Mercedes intuye que se inclinará por el esquí de montaña, su debilidad, y sus trabajos como bióloga. Eso sí: bien lejos de las oficinas y las computadoras; eso quedará para después del retiro. “Quiero descansar un poco –concluye–. No tengo objetivos puntuales. Me encanta el montañismo de altura, pero no me voy a dedicar a eso ni tengo grandes proyectos en escaladas. Pero si salen cosas que me divierten y las puedo hacer, me engancho. ¿Quién sabe?”.

 
Por Mariano Petrucci. Fotos: Gentileza The North Face.