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Personaje
La historia contada con humor  

Las 7 vidas del prócer*

José de San Martín tuvo siete vidas. La primera desde el día de su nacimiento hasta los veintidós años, cuando era teniente en España y fue atacado por forajidos que lo dejaron agonizando. La segunda vida le duró hasta que, a los treinta años, estuvo a punto de ser ejecutado en Cádiz. La tercera le duró apenas un mes: en Arjonilla, al frente de sus hombres en la carga a los franceses, cayó del caballo y fue rescatado. La cuarta vida fue en el combate de San Lorenzo. En 1826 llegó el final de su quinta vida, luego de que volcara la galera en la que viajaba por Inglaterra. La sexta terminó en Roma una noche de febrero de 1846: San Martín permanecía inmóvil y tieso por culpa de un ataque de epilepsia. Gracias a la intervención de Gervasio Posadas, que le inyectó un remedio, revivió. La séptima vida del Libertador duró hasta el sábado 17 de agosto de 1850.

 
 
Daniel Balmaceda tiene una virtud: nos presenta la historia argentina de una manera muy amena, divertida y atrapante. En su nuevo libro, Historias inesperadas de la historia argentina, algunos de sus relatos parecen sacados del mundo de la ciencia ficción.

A Daniel Balmaceda le gusta la historia. ¿Desde cuándo? Desde siempre. Su gusto por el periodismo llegó un tiempito después. Ambos, periodismo e historia, son gustos que lleva en la sangre. “Antes del periodismo, me gustó la historia. Pero, gracias al periodismo, conseguí las herramientas para difundir la historia. De una forma más amena, más entretenida”. Su currículum dice que se recibió de periodista en la Universidad Católica Argentina, que trabajó en las revistas más importantes del país (Noticias, El Gráfico y Periódicos de la Historia), que fue editor de Newsweek para Latinoamérica y que también dejó su huella en la televisión y en la radio. Hasta aquí lo formal.
Con el tiempo, lo que empezó siendo solo un hobby, la historia, se convirtió en su gran pasión, y hoy ya lleva editados varios libros, todos exitosos. La habilidad de Balmaceda radica en relatar lo que ningún historiador cuenta de los diferentes episodios de la historia, en humanizar a los próceres y en realzar los hechos cotidianos que vivieron nuestros antepasados. Las anécdotas pasan a tener un lugar de privilegio. Sus libros actúan como un imán, atrapan hasta la última línea. Y mal no le ha ido: Historias insólitas (su libro anterior) ya va por la cuarta edición, y se está publicando la sexta edición del primero, Espadas y corazones.
Su nuevo “hijo” es su nuevo amor, y quién mejor que él para presentarlo. “Historias inesperadas de la historia argentina es el libro que quisiera encontrar en la mesa de una librería para atrapar un ejemplar, apretarlo contra el pecho y saber que voy a disfrutarlo en mis rincones preferidos de lectura. Se trata del placer de sorprendernos, de encontrarnos con hechos conocidos, pero puestos en otra perspectiva. Un San Martín que es dado por muerto cuatro años antes de que muriera. Un Avellaneda que sale al balcón de la Casa Rosada para enfrentar una multitud y es ovacionado como si fuera Perón. Un presidente que atiende a un periodista en camisón y un cadáver que está perdido en la Recoleta. Muchos de los relatos parecen más del mundo de ciencia ficción”.

–¿Le molesta que un historiador como Pacho O´Donnell diga que usted trabaja con los descartes de los historiadores?
–Al contrario, me halaga. Más aún, sabiendo que Pacho valora esta forma libre de prejuicios de indagar en el pasado. Doy un ejemplo: es interesante saber que la batalla de Tucumán fue el 24 de septiembre de 1812 a las ocho de la mañana. Pero mucho más llamativo es saber que Belgrano se cayó de su caballo espantado cuando sonó el primer cañón, que los dos ejércitos usaban el mismo uniforme y que una manga de langostas atravesó el campo de batalla, y, en la polvareda, muchos creían que eran impactados por balas.

–A veces, las historias son esas “perlas” familiares que van de generación en generación, pero que no han sido publicadas. ¿Cómo llega a ellas?
–Hay una mezcla de trabajo histórico con investigación periodística. Me encierro en los archivos y las hemerotecas, pero también me entrevisto con descendientes de los protagonistas. Y después están las sorpresas: a una amiga, María Acuña, le pedí información sobre su tía, Malena Madero –la primera mujer que manejó en la Argentina–, y terminó mostrándome una carta de amor inédita del aviador Santos Dumont a su tía abuela Florencia Tornquist.

–Hay anécdotas increíbles, como las siete vidas de San Martín, la del balcón de Avellaneda o la de Roca haciendo de fantasma… ¿Cómo surgieron?
–Tengamos en cuenta que vivo indagando sobre este tipo de historias. La falsa muerte de San Martín la descubrí leyendo un libro en la Academia de Medicina. La de Avellaneda en el balcón de la Casa Rosada la encontré revisando diarios en la Biblioteca Prebisch, y la de Roca disfrazado de fantasma la conocí en las memorias de un nieto del presidente Avellaneda.

–¿Por qué cree que nos enseñaron una historia tan solemne? ¿En otros países sucede lo mismo?

–Cuando a los argentinos comenzó a interesarnos la historia, hace 150 años, éramos muy solemnes en todo sentido: en la forma de vestirnos, en las conferencias, en los textos de los diarios, de los libros, en todo. Nuestra historia nació solemne, de acuerdo con los valores de aquel tiempo. Pero siempre fue así. Mientras que en los países sajones se miraba el pasado con un poco más de soltura, en los latinos era más acartonada. Ahora se trata de hacer más interesante la difusión del pasado.

–Hoy la historia interesa; hay varios programas de televisión y se venden más libros sobre el tema. Pero en los colegios, a los niños y a los adolescentes parece no atraerles. ¿Cree usted que si se la enseñara en una versión más auténtica, los jóvenes se apasionarían más?
–Todas las nuevas formas de difusión de la historia son importantes, porque en todos los casos se persigue el mismo fin: atraer a todos. Pero la clave es esa palabra: pasión. Si se enseña con pasión, es probable que alguien se apasione. Si no se enseña con pasión, ¿quién puede apasionarse?

–¿Cómo la enseñaría usted?
–Empezaría desde la nada. A partir del nombre de un alumno o de una calle, comenzaría a mostrarles cómo la historia argentina está pegada a nosotros todo el tiempo. No estoy tan de acuerdo con que deban enseñarse los hechos en orden cronológico. Más que seguir un camino recto a través de los hechos del pasado, preferiría que fuera un viaje lleno de sorpresas.

–En sus investigaciones, ¿cuál es el hecho que más le ha sorprendido?

–Varios episodios: la deteriorada salud de San Martín cuando llevó a cabo la inmensa hazaña de los Andes, la abnegación de Belgrano, a quien le pusieron el uniforme de Patricios y se contrató un profesor de tiro porque nunca había usado armas de fuego; o el “delivery” que pidieron a la noche los del Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810. La lista es interminable, y también están las tergiversaciones.

–¿Hay muchos hechos tergiversados en nuestra historia?

–Sí, por eso sólo menciono uno: French y Beruti no repartieron escarapelas en mayo de 1810. En realidad lo hicieron en 1811 durante lo que se dio en llamar “la Asonada del 5 y 6 de abril”.

–¿En la piel de qué prócer le hubiera gustado vivir?
–En ninguna. Porque los que más admiro son los que más sufrieron. En esa lista de admirados están Garay, Hernandarias, el virrey Cevallos, Belgrano, Lavalle, Brandsen, Jorge Newbery y el cirujano Ricardo Finochietto, entre otros.

–¿Por qué hay que leer el libro?

–Supongo que si el lector se entretuvo con este reportaje, disfrutará también de los 74 hechos que contamos en Historias inesperadas.