Hay un día en la vida de muchas personas en el que se hace presente la necesidad de un cambio. A veces, se da por el deseo de manejar los propios tiempos, otras, para tener mayor disponibilidad horaria y otras, para generar un ingreso extra. Pero el sueño siempre es el mismo: tener un emprendimiento laboral propio.
Los rubros para elegir son variadísimos: están quienes diseñan accesorios, quienes se vuelcan a los cuidados estéticos o de la salud, quienes crean pequeños emprendimientos hoteleros, quienes incursionan en el mundo de la gastronomía, quienes se dedican a la peluquería o la cosmética, y hasta quienes se vuelcan a vender sus propios modelos de indumentaria.
Más allá de la actividad elegida, esta es una tendencia que crece. Así lo demuestra el estudio GEM, realizado por la Fundación Endeavor en conjunto con la Escuela de Negocios de la Universidad Austral, en el que se determinó que, en los últimos dos años, la actividad emprendedora en la Argentina pasó de ser del 14,4% al 16,5%. Estos datos ubican a nuestro país entre los diez más emprendedores del mundo y llevan a estimar que uno de cada siete argentinos está involucrado en algún tipo de actividad de esta índole.
El estudio también especifica que el puntapié suele estar dado tanto por necesidad como por la aparición de oportunidades y que, desde el 2007 hasta hoy, el crecimiento en el número de emprendedores fue constante y sostenido.
¿Será que realmente se encuentra allí la manera de hacer una diferencia? es probable que las mujeres sean las que tengan más respuestas, ya que –según el mismo informe– la Argentina se ubica entre los países con más participación femenina en materia de emprendimientos. Entre ellas, el 55% decide comenzar el nuevo camino por necesidad y el resto, por oportunidad.
Sea un sendero o el otro, lo cierto es que en la calle, entre amigos, en la oficina o en el propio living, cada vez se nota más la presencia de ese integrante del grupo que vende algo creado por él, mientras que otro reparte una tarjeta en la que ofrece algún servicio y otro cuenta lo bien que le está yendo con el pequeño negocio que decidió abrir. Una nueva era. Nuevos proyectos. Y personas que quieren hacer una diferencia.
Ellos pudieron
Victoria Rovagnati tiene 30 años, es madre de Teodoro (de un año) y mientras gestaba a su bebé descubrió que su trabajo no le iba a permitir estar en casa para su hijo. Fue así como decidió dar un giro, junto a su hermana Silvina, y crear lo que hoy se llama “Decoro mi día”: una pequeña empresa de ambientación de fiestas infantiles con ideas originales y divertidas. “Las decoramos con guirnaldas, bonetes, manteles, centros de mesa, platos de sitio y piñatas. También hacemos fiestas temáticas, como de piratas, animales de la selva o dinosaurios”, cuenta entusiasmada, quien comenzó este nuevo camino impulsada por la cantidad de festejos infantiles de su numerosa familia: “Somos nueve hermanos, tres varones y seis mujeres, de las cuales tres estamos casadas y tenemos chicos. Al ser tantos, los cumpleaños, bautismos, comuniones y todo tipo de fiestas nunca faltan. Con mi hermana mayor siempre nos gustó ambientar las fiestas familiares. A nuestros amigos les gustaba lo que hacíamos y nos pedían que los ayudáramos a organizar sus eventos. Así empezó todo”. Pero además de la oportunidad, estuvo la necesidad de un cambio de vida. “Con la llegada de nuestros hijos, el trabajo en una oficina se hacía imposible. Con este emprendimiento pudimos combinar las dos cosas.”, comenta, mientras asegura que, en su entorno, la tendencia se nota: “Hoy vemos que amigas o conocidas nuestras tienen sus emprendimientos. Hay varios factores que llevan a encararlos: diversión, progreso personal y ser una ayuda en la economía del hogar”.
El nicho de mercado relacionado con lo infantil es, sin duda, uno de los predilectos de las jóvenes emprendedoras. Ese también es el caso de “La dulce compañía”, un proyecto que nació de dos amigas que pintaban a mano muebles y juguetes
para un local y que decidieron lanzarse solas a diseñar y pintar figuras religiosas para chicos. Laura López Jallaguier, una de ellas, que tiene 33 años y cinco hijos, se siente feliz por la aventura iniciada hace apenas un año: “Nos armamos un listado de las cosas que se nos ocurrían hacer, compramos los materiales y armamos un stock con un capital inicial, que no fue mucho. Esto fue durante el verano 2009, y al día de hoy no podemos creer la respuesta que obtuvimos. Los primeros clientes fueron familiares, amigos, madres del colegio… pero enseguida, con la canastita llena de cosas, fuimos de santería en santería”. El proyecto de Laura funcionó, y no tardaron en descubrirlo: “Nos dimos cuenta de que íbamos bien porque no tuvimos que invertir más dinero que el inicial y, además, estamos siempre con pedidos, siempre corriendo contrarreloj, pero felices”, concluye, quien hoy, con más tiempo para sus hijos, ya está por lanzar su página web y hasta tuvo que incorporar un carpintero al equipo, para que diera forma a las creaciones.
Del mismo modo, el manejo de la propia agenda y una maternidad más plena fueron las principales motivaciones para Emi Cochella, de 30 años, casada y madre de dos hijos pequeños. “Es muy difícil ser mujer, madre, esposa y empleada. Por eso, cuando quedé embarazada de Oliver (su primer hijo, que hoy tiene 3 años), decidí que no quería trabajar full time y que tenía ganas de trabajar por mi cuenta”, explica, quien luego de estudiar para traductora técnica y pública de inglés, decidió enseñar español a extranjeros y asistirlos durante su estadía en la Argentina. “Me encantan los idiomas y la enseñanza, pero descubrí que me gusta más enseñar español que inglés, porque es mi lengua madre. Además, los que estudian español lo hacen porque realmente lo necesitan, para poder manejarse en el país. Con el tiempo, me di cuenta de que también nuestra cultura es muy diferente y de que hay que ayudarlos a adaptarse”, agrega, orgullosa del proyecto que forjó junto con su socia, Lorena, y que hoy ya cuenta con más profesionales dando clases y es publicitado en páginas web y revistas especializadas.
Emi encontró en este emprendimiento un equilibrio desde el que esquivar las culpas que suelen sentir las mujeres de hoy: “La mujer que decide no trabajar para estar con su familia es juzgada; la que tiene un trabajo full time, también. Es complicado encontrar un equilibrio; con un emprendimiento propio es más fácil”.
Pero la necesidad de estar más en casa no es la única motivación para tener un proyecto personal. También, en otra etapa de la vida, con los hijos ya grandes, muchas mujeres buscan un ingreso extra o una actividad que ocupe el tiempo que la maternidad ya dejó libre. Este es el caso de Delia Lombardi, de 49 años y madre de tres hijos de 26, 22 y 18, que decidió dedicarse a la manicuría y a la belleza integral de manos, y que ya logró un círculo de clientas fieles que le permiten hacer una diferencia en la economía familiar.
“Quería complementar mi ingreso y encontrar una ocupación, un entretenimiento, porque mis hijos ya están grandes”, relata, y agrega que cuando nació la idea de hacer algo nuevo, hace tres años, estuvo segura de que quería orientarlo a la mujer. “Es la que más consume, y eso me iba a ayudar a conseguir clientas. De hecho, al poco tiempo de hacer el curso, ya estaba trabajando. Empecé por mis amigas y conocidas del club, y así se fue haciendo una cadena de recomendaciones”. Los beneficios que Delia encuentra en su nueva ocupación son más de uno: “Manejo los turnos de acuerdo con mi conveniencia, y eso me ayuda a seguir teniendo tiempo para mí y para mi familia; y con lo que gano puedo manejar mis gastos y comprar cosas para mis hijos”.
Otra realidad queda asentada luego de conocer a Delia, y es la de quienes empiezan sus proyectos en otro momento de la vida. “Es que hay mujeres de cierta edad que no pueden insertarse en el mercado laboral. Y así emprenden actividades en el campo de la estética o en ventas, para tener un ingreso y estar ocupadas”, concluye.
Jóvenes, maduros, con hijos bebés o adolescentes, cada vez son más los que se sienten cómodos en el rol de emprendedores, de jefes propios, de líderes de la familia y pequeños empresarios a la vez. Probablemente, hacer una diferencia sólo sea una cuestión de actitud.
Con aroma a éxito
Para Mario Gerosa y Carina Cavazza, su emprendimiento personal empezó como un Plan B que, con el tiempo (y los excelentes resultados, claro), se convirtió en Plan A. Él trabajaba en el área de marketing de una empresa representante de fragancias internacionales, y en la familia de Carina, que es diseñadora gráfica, también había experiencia en el rubro de la perfumería. De allí fue que sacaron las ideas y el talento para crear, en el 2003, La Pasionaria: una jabonería gourmet con una carta de más de cincuenta aromas, muchos de ellos más conocidos en la cocina que en la cosmética. “Hacemos productos para el aseo diario, el ritual del baño, el cuidado del cuerpo y la decoración del hogar. Porque también consideramos que se decora con el aroma. Tenemos fragancias como pimienta, torta de limón, frutos del bosque y dulce de leche”, cuentan.
La primera inversión la destinaron a desarrollar una línea de jabones, que fue el producto con el que arrancaron. “Literalmente, empezamos en el garaje de nuestra casa, en Rosario. Para aprovechar los contactos, empezamos a vender entre los conocidos de las perfumerías. Pero el producto dio un giro y las tiendas de deco/diseño, los restaurantes, los hoteles y los negocios de ropa se convirtieron en nuestros mejores clientes”, explican.
Podría decirse que a Mario y a Carina el sueño se les fue de las manos. Pero para bien. Además de los locales que tienen en el país, sus productos llegan a destinos como Londres, Roma, Los Ángeles, Suiza, Japón, México, Brasil y San José de Costa Rica (en este último, abrieron un local el año pasado). “¿Cuál es la clave para trabajar con diferentes mercados? Ser serios, responsables, y respetuosos de los tiempos, las entregas y los convenios. No hay lugar para la improvisación”, definen orgullosos.
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