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historias que inspiran
“Cuando querer es poder Salir a flote”
 

¿Qué es la resiliencia?*
Es la “capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas, y ser transformado positivamente por ellas”. Para otros es un auténtico “renacer del sufrimiento”. Estaríamos bastante de acuerdo si dijéramos que una “personalidad resiliente” es la de un sujeto decididamente capaz de sobreponerse a períodos de agudo “dolor emocional”. Aunque no se diga, el concepto de resiliencia está asociado a dos términos un poco olvidados. La fortaleza, por un lado y la audacia, por el otro. La fortaleza es una virtud que nos hace “aguantar y acometer” los males presentes. “Pareciera que es la virtud de los audaces”, dice Abelardo Pithod. Pero, la audacia, ¿no es temeridad? No.
La audacia tiene su fundamento en la esperanza. Lo enseñó Aristóteles: “los que tienen buena esperanza son audaces”. Y Santo Tomás de Aquino comenta que “la audacia es paralela a la esperanza, pues, por lo mismo que uno espera superar el mal terrible que amenaza, se enfrenta audazmente a él”. Por lo tanto, seremos audaces –es decir, capaces de afrontar riesgos, males y aun tragedias– en la medida en que mantengamos esperanza. Por eso, los investigadores actuales han visto bien cuando han asociado el concepto de resiliencia con el de entereza. Una rápida revisión de los casos de niños y adultos que han sabido enfrentar exitosamente situaciones traumáticas señalaría la presencia permanente de algunos indicadores de comportamientos resilientes. Por ejemplo, un buen temperamento (flexible, adaptativo), mayor autoestima, menor edad al momento del trauma y motivación de logro son algunos de los “recursos personales”. Entre los “ambientales”, se cuenta la presencia de “padres competentes” y una relación emocional estable, nutritiva y contenedora con uno de sus padres o con alguna persona significativa. Y en la adultez, la posibilidad de contar con el apoyo del cónyuge, la familia y amigos. Pero, hay dos indicadores de personalidades resilientes que me han llamado la atención: el sentido del humor positivo y el desarrollo de una firme religiosidad. En realidad, la psicología ya sabía hace mucho tiempo que la religiosidad auténtica y el sentido del humor son rasgos típicos de la personalidad madura, como la llama el psicólogo Gordon W. Allport. Y adviértase que madura puede llegar a ser una niña que afronta una crisis grave a corta edad, como los chicos de Haití, por ejemplo. El humorismo y la religiosidad sitúan un hecho desagradable, en un marco nuevo rompiendo el molde original en el que ese hecho está inscripto. Ambos lanzan nueva luz sobre las tribulaciones de la vida al verlas con una nueva perspectiva. Ver una crisis de una manera humorista es verla como si tuviera relativa importancia; verla religiosamente es verla en un esquema de significación profundo y providencial.
*Por Ernesto R. Alonso, Psicólogo Social, Universidad Austral.

¿Quién dijo que la vida es un camino fácil? ¿Quién dijo, también, que no es posible sortear las vicisitudes de los momentos amargos? Dos historias de superación protagonizadas por personajes de carne y hueso, aunque con espíritu de superhéroes.

Hay veces en la vida en que uno se encuentra en una encrucijada, un punto de inflexión del que, a partir de allí, todo cambia. Se trata de situaciones que parecieran no tener salida ni vuelta atrás. Situaciones en las que, con todas las fuerzas, uno desea poder rebobinar la línea de tiempo para borrar ese hecho, episodio o circunstancia que desvela y mortifica. Pero es justamente a partir de allí, y cuando se empieza a vislumbrar la salida, que la persona ya no será la misma. Nunca más. Estas historias tratan de personas fortalecidas, capaces de demostrar –y demostrarse– que todo se puede cuando uno lo desea. Son personas que, gracias a creer en sí mismas y luchar en consecuencia, encontraron el camino que los condujo a buen puerto. Aquí, la historia de Claudio Montaldo y Karina Hollekim.

Karina Hollekim, transgresora por naturaleza
Karina Hollekim (33), una audaz noruega, conoció a los 5 años de edad uno de los deportes que más satisfacciones le traería a su vida. Su padre la llevó a un cerro en las afueras de Oslo y, cuando se dispuso a enseñarle a dominar los esquíes, la pequeña rubia de ojos azules se largó sola en un viaje que terminó abruptamente en la base de la montaña. Desde ese entonces, creyó férreamente en sí misma cuando se trata de perseguir un sueño. Otro de ellos fue volar como los pájaros. Años más tarde, también lo conseguiría.
Con el paso del tiempo, se fue profesionalizando y llegó a ser una de las pocas mujeres que se animaron a encarar el freesking y el BASE jump. Y fue la única mujer en el mundo en practicar esos dos deportes juntos, transgrediendo los límites que estaban establecidos.
Transformó su sueño en su vida y así, recorrió el mundo haciendo lo que más amaba. Hasta que en el año 2006, la vida le dio un terrible golpe, en el más literal de los sentidos. “Me invitaron a Suiza a hacer saltos de exhibición con los wingsuits (trajes alados de paracaidismo) desde un avión, en un Campeonato Mundial de Parapente Acrobático. Había cientos de espectadores. Yo estaba muy feliz de estar ahí, era muy divertido. Saltamos del avión, con otros amigos, y todo era perfecto. Volábamos lado a lado, podía mirar la cara de mis amigos riéndose. Escuchaba los gritos y las risas de los espectadores maravillados con el show. Cuando quise abrir el paracaídas, inmediatamente me di cuenta de que había algo mal”, recuerda quien eligió este estilo de vida con total conciencia de los riesgos que corría.
El paracaídas nunca se abrió debido a un desperfecto, y Karina vio cómo su vida cambiaba de un instante a otro. Se golpeó a más de cien kilómetros por hora contra una piedra que, según sus palabras, irónicamente le salvó la vida. “Mientras caía no quería aceptar que me podía morir, y lo único que pensaba era que debía arreglar el problema”, explica quien le ganó la pulseada a la muerte.
Dos días después, Karina se despertó en el hospital. Allí, los médicos le dijeron que era muy afortunada de estar viva, pero que no iba a poder volver a caminar. ¿Cómo se hace para recibir una noticia así, sobre todo para alguien que vive por y para el deporte? Karina responde: “Para mí fue un gran shock porque yo soy una deportista profesional e iba a ser un cambio muy grande. Me puse muy triste. Era muy difícil pensar qué iba a ser de mí en el futuro sin poder saltar ni estar en las montañas con mis amigos. Ese día estuve desolada y deprimida, pero después, nunca más pensé en lo malo que me podía ocurrir. Los médicos nunca pensaron que yo iba a volver a caminar. Pero yo sí creí que podría”. Y continúa: “Me acuerdo de que mi papá me decía que nadie sabe ese tipo de cosas, y que nadie puede preverlas. Y yo no quería creer lo que los médicos decían. No quería pensar tan a futuro, iba a ir paso a paso. Siempre pensando que lo lograría, que iba a caminar y a volver a esquiar”.
Estuvo seis meses en el hospital –donde, incluso, hasta casi le amputan una de sus piernas debido a una infección– y, casi nueve meses en una silla de ruedas. Pasó por más de veinte operaciones en el transcurso de dos años.
A esta mujer, que había practicado los deportes más extremos, le tocaba afrontar el más difícil de sus retos. Esta vez, el desafío era consigo misma. Karina se fue fijando metas cortas para lograr recuperarse: “En el centro de rehabilitación me preguntaron mis metas para el futuro. En ese momento, solo podía pasar una hora en la silla de ruedas porque estaba tan débil que tenía que estar acostada en la cama. Yo les respondí: ‘volver a esquiar’. Ellos sonrieron pensando que eso era imposible”.
Pero la noruega no se lleva bien con la palabra imposible. Aunque no fue sencillo y muchas veces se desanimaba. “Mi secreto fue ir de a poco, valorando las pequeñas mejorías que iba teniendo. Quedarme con lo positivo a pesar de la terrible situación y no cuestionarme, todo el tiempo, lo que iba a pasar en el futuro”, confiesa y agrega: “Aprendí que las cosas no siempre resultan de la manera que queremos, pero uno sí puede elegir cómo tomarse la vida. Yo podía elegir entre lucharla o quedarme en la silla de ruedas. Además, aprendí a disfrutar de los pequeños detalles y momentos de la vida y los afectos, que en el fondo, es lo más importante”.
Después de cuatro años de duro entrenamiento, rehabilitación y mucho esfuerzo, las montañas de Oslo fueron testigos, una vez más, de la capacidad de Karina, de lograr aquello que se propone. Volvió a esquiar y a sentirse libre como un pájaro en el aire. “Nunca dejes de soñar. Nunca dejes de explorar lo que está en tu corazón. Y nunca, nunca, te des por vencido”, finaliza.

Claudio Montaldo, hombre de palabra
Cuando se sufre una estafa, cuando una empresa vislumbra su quiebra o, simplemente, cuando los números no cierran de ninguna forma, lo habitual es recurrir a un abogado y, quizás, declarar una convocatoria de acreedores e intentar perder el mínimo capital posible. Este, sin lugar a dudas, no fue el camino que tomó Claudio Montaldo –consignatario de hacienda– cuando un frigorífico lo estafó y lo dejó “en rojo” y con importantes deudas con sus clientes. La única conversación que tuvo con un abogado duró tan solo diez minutos. Este hombre de campo, de la zona de Madariaga, resolvió el problema a su manera y en concordancia con sus principios.
Hoy, Montaldo tiene 50 años, está casado y tiene 4 hijos. En el 96, le tocó vivir una de las pruebas más duras de su vida. Sin embargo, no se rindió y, por sobre todas las cosas, decidió salir adelante de la única forma para él posible: se desprendió de todo su patrimonio (vendió un campo y los autos de la empresa e hipotecó su casa) y trabajó, trabajó y trabajó hasta pagar el último centavo. ¿De dónde sacó las fuerzas? ¿Cuál fue su motor cuando, de repente y de un día para el otro, sintió caer por un precipicio? Convencido, responde: “Salvar el honor de mi familia, el buen nombre. El poder seguir disfrutando de la vida mirando a la gente a la cara, y el no repetir algo que a mí me hizo sufrir mucho cuando, a mis 12 años, mi padre se suicidó por razones relacionadas con lo económico”. Y agrega: “Con Ana, mi mujer –con quien estamos juntos hace 28 años– pensábamos que el único patrimonio que teníamos que salvar era el de nuestros principios. Venimos de familias donde el compromiso y la palabra forman parte de la vida. Afortunadamente, del sector donde provengo, la palabra está menos devaluada que en otros lados”.
Como un recurso limitado, así, entiende Montaldo el concepto de honor, confianza y el de “tener palabra”. “Muchas veces, los hombres le damos tanta importancia a lo material, cuando lo que hay que salvar es lo otro porque el dinero puede volver. Quedar entero como ser humano es lo más importante y lo que hay que preservar”.
Este hombre de contextura y espíritu grande rebobina su vida al día en que recibió la terrible noticia. “En un viaje a Buenos Aires, la gente del frigorífico me notifica que no va a poder cumplir con los pagos. Me sentí en estado de shock, como si estuviera muerto. La noche siguiente, con un gran amigo mío, nos quedamos tomando y fumando hasta la madrugada. Cuando me desperté, pensé: ‘si voy a salir adelante, esta no es la forma’. Ese día, decidí no fumar ni tomar nunca más en exceso. Hasta llegué a dejar por completo el cigarrillo. También procuré hacer mucho deporte porque, por lo general, la tendencia es al revés, cual efecto dominó uno empieza a dejarse caer en muchos aspectos”.
Con la convicción siempre presente de que iba a salir adelante, Montaldo recuperó energías en su familia y su hogar: “En mi casa, con mi mujer y mis hijos, encontré la fortaleza necesaria para emprender este desafío y así, poder cumplir con la gente que me había entregado la hacienda”.
Además de su familia y sus amigos, las personas de su oficina, como Carlos, su mano derecha, fueron el secreto de su fortaleza. Varios de sus empleados decidieron no cobrar, o cobrar lo mínimo e indispensable para poder subsistir, y un amigo le prestó un auto para trabajar. Su mujer se hizo cargo de la parte administrativa porque Carlos había dejado ese puesto para trabajar de lleno al lado de Claudio. Según cuenta el consignatario de hacienda, fueron tiempos de muchísimo trabajo, más de quince horas diarias en la oficina. Él creía que era la única forma de salir a flote. Todos estuvieron a su lado en momentos en que más de uno saldría huyendo. Según sus palabras, se formó una especie de círculo virtuoso. “Había algo adentro mío que me decía que lo iba a lograr. Una convicción muy fuerte me decía que íbamos a poder superar la situación. Hay que buscar por todos los medios salir adelante y cuidar todos los aspectos: la salud física y mental. Hice mucho deporte, leía cosas buenas y evitaba las malas noticias. Puse toda mi energía en salir a flote”, explica. Y continúa: “Ese espíritu de lucha y esa convicción generan que tengas muchos aliados. Cuando en la vida nos pasa algo, nos metemos en el baño a llorar. Y cuando lo único que hacemos es llorarle a nuestros amigos y comentarles lo mal que nos va, a la larga la gente empieza a cruzar la calle para evitar saludarnos. En cambio, si te ven con una lanza en la mano, luchando por un objetivo, te van a ayudar porque como pasa con las películas, la gente quiere que ‘ganen los buenos’. Es como si tuvieras una tribuna que te alienta para que salgas adelante y te hace sacar esas fuerzas que todos las tenemos. El hombre tiene una fuerza especial que surge en estas situaciones”.
Como si fuera poco, contó con el apoyo de sus clientes, los mismos a los que les debía dinero: “Se dieron cuenta de que había sido un error y de que no había sido una estafa de mi parte. El error había sido venderle a la persona equivocada. Así se formó una fuerza que nos tiró para adelante para poder cumplir con nuestro deber”.
Montaldo no cree en la buena o la mala suerte. En su momento, con total humildad, supo reconocer su responsabilidad en lo sucedido por “no haber estado lo suficientemente capacitado como empresario para medir y prever el riesgo”. Así también, cuando logró “remontar el barrilete” supo entender que de él dependían los resultados. “La mayoría de las veces, el salir depende más de uno que de factores externos. El mundo está lleno de bibliotecas escritas sobre gente que lo logró. Y no se trata de gente elegida con alguna varita mágica, sino simplemente, de quienes se dieron cuenta de que había algo más, que descubrieron ese secreto que hay en cada uno de nosotros y que tenemos que poner en acción para salir adelante”.
Montaldo conoce muy bien ese secreto: en dos años pagó todas sus deudas. Hoy en día, no solamente cuatriplicó sus ganancias y el número de clientes, sino que armó una consultora de recursos humanos para el sector del agro y del turismo. El año pasado, volvió a demostrar que no hay nada que el hombre no pueda hacer si se lo propone: terminó su última materia del colegio secundario. Y como si fuera poco, publicó su primer libro junto con Silvia Puente: Dar de Nuevo, para contar su experiencia y así, ayudar a otros. “Yo no soy técnico ni economista, pero sí sé lo que siente una persona que pasa por este tipo de problemas. Uno se siente muy solo porque nadie sabe qué decirle a un hombre que vive estas situaciones. La gente, por lo general, opina, aporta soluciones fáciles que para mí no sirven. Lo que sirve es encarar los problemas. Mas allá de perder o ganar la batalla, lo peor que se puede hacer es huir. Y esa deuda, consigo mismo, no hay forma de pagarla”, concluye.