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entrevista

“Ahora, una de dibujitos en 3D”

 

"Tenía muchas ganas de hacer un proyecto (El Hombre de tu vida) que lo tuviera a Campanella como director y autor porque, personalmente, creo que maneja este género como nadie. Es el clásico costumbrismo de pura cepa y los diálogos son imperdibles". Mercedes Morán

"Me sumé a sus proyectos sin leer el guión defi- nitivo. Confío en su sensibilidad. No somos parecidos, pero sí complementarios. Coincidimos en rechazar esa actitud que tenemos los argenti- nos de terminar diciendo: 'Es así, qué le vamos a hacer', respecto de algunos temas. Los dos pensamos que hay mucho por hacer: contarlo, desenmascararlo, para que no siga pasando". Ricardo Darín

La mejor
Vientos de Agua es la historia de un viaje de ida y vuelta en la que se entrelazan distintas crisis y varias generaciones. Son trece episodios con dos protagonistas centrales: un joven minero asturiano que emigra a la Argentina en los anos treinta, y su hijo, un arquitecto argentino de mediana edad, que busca un nuevo horizonte profesional en Espana, huyendo de la crisis argentina de 2001. "Para contar lo que les pasa a los emigran- tes -dice Campanella-, sus motivaciones, las aventuras y vicisitudes que atraviesan, no alcanzaba con una película. Por esa razón, me decidí por una serie. Para mí, es lo mejor que hice".

 

 

En 2010, se llevó el Oscar por su película El secreto de sus ojos. El año pasado se dedicó, entre otros proyectos, al unitario El hombre de tu vida, que continuará esta temporada. Además dirigió capítulos de Dr. House y la excelente serie Vientos de Agua. Un director con mayúsculas.

La productora de Juan José Campanella está enclavada en el corazón del Bajo Belgrano, un barrio “mixto”, por decir así, en el que conviven señoras mayores que toman mate en las veredas, casas modestas con frentes muy fifties y mosaicos de colores brillantes, y diosas que salen de palacetes reciclados, con fachada de hormigón. El director de El secreto de sus ojos es ajeno a las características y el movimiento de ese vecindario. Él entra todas las mañanas a su búnker porteño, concentrado en el proyecto que ocupa sus días: Metegol, su primer dibujo animado. “Estamos buscando un estilo visual que todavía no hemos visto en una película animada. Estamos poniendo mucho esfuerzo en eso”, explica.
No bien uno entra en su productora, 100 Bares, percibe el carácter de laboratorio moderno. Si desde afuera parece una gran fábrica, lo primero que uno se encuentra al ingresar es una especie de gran loft donde se alinean decenas de computadoras: allí, diseñadores, animadores y dibujantes trabajan como hipnotizados por el reflejo de las pantallas y su propia música, auriculares mediante. De las paredes cuelgan diferentes esquemas a lápiz de los muñequitos de madera, los protagonistas del filme. Una chica de casco irrumpe con su bicicleta y la estaciona junto a un sofá, lugar ideal para un saludable cabeceo a la hora de la siesta.
En la productora se respira un aire de libertad y entusiasmo, muy de Campanella, que quiere lograr el mejor producto, con gran calidad. “El nuestro va a ser mejor que Toy Story –anuncia Campanella con una sonrisa–. Si uno no se la cree...”.
Pero no es broma. Para lograr lo que se propone, duerme poco, está asociado a otras productoras (la inversión, calcula, trepa a unos 10 millones de dólares) y está todos los días a primera hora en su despacho, desde donde controla y pregunta todo, y redefine lo que haya que redefinir con los especialistas. “Trabajo codo a codo con dibujantes, animadores y técnicos del 3D. Me formé en un ambiente competitivo y sé que no se puede aflojar”.

–¿Es cierto que Metegol surge después de leer el cuento de Fontanarrosa?
–No, surge a raíz de una propuesta de Gastón Gorali, que es el productor de la película. Él fue quien adquirió los derechos del cuento y el que me trajo el proyecto. A mí me encantó, lo vi posible de entrada, y nos pusimos a trabajar en el guión. No fue una idea que generé yo, pero la hice mía de inmediato.

–Entonces, es una versión libre de “Memorias de un wing derecho”...
–Del cuento de Fontanarrosa no tiene nada. El cuento no pasa las tres páginas: es un monólogo de un jugador de metegol. La película está inspirada por el cuento, pero no conserva ni siquiera una frase. Hace como cinco años que estamos trabajando en esto.

–¿Por qué tanto tiempo?
–A mí cualquier film me lleva, en promedio, unos tres años. El guión solo significa dos años de trabajo. En Metegol hubo que hacer mucho más que la escritura: estaba el dibujo, el diseño, inventar al personaje… Acá no es cuestión de elegir un actor que dé con el physique du rol: hay que desarrollar todo un mundo. Calculo que, aproximadamente, faltará un año para que se estrene mi primer film de dibujitos animados.

–Se nota que tenías muchas ganas de meterte con algo nuevo...
–Sí. Este es el primer género del cine que me cautivó (sonríe). A los cuatro años, ¿qué te va a gustar? Nadie empieza por Bergman. Además, siempre me encantaron las historietas.

–¿Qué leías?
–Empecé con Tintín, seguí con El príncipe valiente, el Tony, y todo lo que sacaba la editorial Novaro, o sea, Marvel, Superman, todos los superhéroes. Y también leía las revistas argentinas: Afanancio, Capicúa y Piantadino, Desventuras de Larguirucho, Locuras de Isidoro, Andanzas de Patoruzú. Todo. Después, de grande, empecé con revistas como El Péndulo, Fierro o Skorpio, que publicaba “El Corto Maltés”, y El Eternauta reeditado. Lo del dibujo para contar una historia me gustó siempre. De cualquier forma, mientras el dibujo animado era 2D, o sea diseñado a lápiz, para mí era un arte totalmente foráneo; en cambio cuando ingresa la computadora se empieza a encontrar con mi mundo... y bueno, acá estamos.

–¿Cuál es la película de tu infancia?
–Chitty Chitty Bang Bang. La veía casi todos los sábados en el famoso Ritz de Belgrano (ahora no existe más). Yo tenía 8 años, y me iba solo o con algún amigo. No me olvido más de Chitty Chitty. Es una película musical protagonizada por Dick Van Dyke, que está basada en una novela infantil que escribió Ian Fleming, el creador del Agente 007.

–Venís de dos éxitos importantes, El secreto de sus ojos y El hombre de mi vida. ¿Hasta qué punto te presiona el éxito?
–Por suerte, empecé por dos fracasos: mis dos primeras películas fueron un fracaso tras otro. Incluso El mismo amor, la misma lluvia fue un fiasco económico.

–Dijiste económico...
–Ah, sí, claro, porque de eso estamos hablando. Las películas, las series, son buenas o malas dependiendo de quién las vea. Mi serie Vientos de Agua (ver recuadro) no fue un boom de rating y para mí fue lo mejor que hice.

–¿Y El hombre de tu vida?
–Salió muy bien, fue un gran trabajo.

–¿Tenías algún proyecto alternativo?
–Estaba en medio de la filmación de un capítulo cuando me llamaron de House. Casi agarro viaje porque era la última temporada, pero cuando le agregamos más capítulos a El hombre de tu vida, resolví quedarme acá: este es un proyecto mío.

–¿Ya empezaron a filmar la segunda temporada con Francella y compañía?
–Sí, el año pasado.

–Y seguro va a volver a causar furor...
–El éxito es súper relativo y subjetivo. En realidad, lo del éxito es una presión que tuve siempre, viene más bien de crianza y ahora es difícil cambiar. Tengo una autoexigencia muy grande, que, a veces, me repercute en la salud. En otros aspectos de mi vida también me juega en contra, pero por lo menos redunda en películas que mínimamente están bien hechas. Eso no lo puede discutir nadie. Lo que trato de hacer es no dejar ningún hilo al viento.

–Así que tus padres tenían una gran expectativa con vos. ¿Sos único hijo?
–No, pero casi, porque soy el menor lejos. O sea, tengo tres hermanos que son mucho más grandes que yo. Por eso, mis padres se pudieron concentrar en mi educación con exclusividad.

–Una vez que terminaste la secundaria, ¿ya sabías que tu futuro iba a estar emparentado con la pantalla grande?
–No, iba a ser ingeniero. Empecé con esa carrera en 1977, pero a la vez me puse a estudiar cine, de noche, en la Panamericana de Arte, y ahí ya me corrí definitivamente. Pero igual demoré dos años en largar Ingeniería… tenía un encadenado largo. Fui un pésimo estudiante. Me metí en Ingeniería porque me gustaba armar los chirimbolitos que salían en la revista Lúpin y pensaba que eso era suficiente para estudiar Ingeniería electrónica. Pero para hacer una carrera no solo hay que tener vocación, sino una obsesión enfermiza: es tanto lo que hay que estudiar, tan árido, hay que dar tantas vueltas antes de llegar a ver lo que a uno le interesa. En cine es lo mismo: hay que estudiar sonido, la curva gama de fotografía... No es para nada fácil, porque además hay que luchar contra la falta de pasión de la mayoría de los profesores, las actitudes rutinarias...

–Vos estudiaste cine en Estados Unidos.
–En la Escuela de Cine de Nueva York.

–¿Quién te pagaba los estudios?
–Mis padres, el primer año.

–¿Y ellos a qué se dedicaban?
–Mi madre era ama de casa, y papá, ingeniero (hace una pausa). La verdad es que la exigencia que ellos me trasmitieron me sirvió mucho en los Estados Unidos. Allí, si no te esforzás, estás perdido, desaparecés del mapa. El asunto es que a mis padres la economía se les complicó, por las subas y bajas del dólar, y yo tuve que solventar mi formación; me presenté en un concurso para ser asistente de la cátedra de Montaje, y me salió. Con eso me pagué los estudios.

–¿La formación era básicamente académica o te enseñaban otros aspectos, como marketing, relacionamiento, producción de una película?
–Yo siempre fui fanático de la autogestión, y ahora que los medios de producción son tan accesibles, mucho más. En Estados Unidos se aprende algo importante: si querés hacer tu película, tenés que arremangarte y producirla, poner todo el empeño y la voluntad para hacerla lo mejor posible. Allá no existe la idea de que alguien te tiene que pagar para que expreses tu talento… Además, se sabe que hay que traspirar la camiseta. Te pongo un ejemplo: Dr. House es la serie número uno del mundo, y los que la hacen sienten que en cada capítulo se la están jugando.

–Dirigiste varios capítulos de Dr. House. Contame cómo fue esa experiencia.
–Es muy cómodo trabajar allí, y muy arduo también, porque es mucho tiempo en el set. En Los Ángeles se complica porque el tiempo de viaje a los estudios lleva no menos de dos horas de auto, todos los días. En total, serán unas diecisiete horas de tensión diarias. No por la mala onda, sino porque dirigir una serie siempre requiere estar súper concentrado, y eso al final cansa. Yo lo pasé especialmente bien cuando dirigí algunos capítulos de La ley y el orden. Fue una experiencia bárbara.

–¿Seguís trabajando en Estados Unidos?
–No por ahora. El último capítulo que hice de House lo estaba haciendo justo cuando nos ganamos el Oscar; desde entonces no agarré más trabajo allá. El año 2011 fue agotador: con Metegol y El hombre de tu vida tuve bastante: casi me muero, no dormía casi nada…

–¿Te cuesta delegar?
–No sé delegar. Si supiera hacerlo, estaría de lo más pancho. Trabajo a la par, quiero controlar todo. A lo mejor, haciendo una película, me relajo un poco; en cambio, con la televisión es difícil: se requiere más atención y terminás fulminado. Es lo que me pasó con El hombre de tu vida.

–Con Vientos de Agua, tu mejor serie según dijiste, el rating no acompañó...
–Eso es relativo. Vientos de Agua tuvo 12 puntos de rating de promedio, y la pasaban los domingos a las once de la noche. Hoy una serie con ese rating sería un éxito. Por otra parte, el DVD estuvo entre los que más se vendieron, tanto en la Argentina como en España. Así que entre aquel que lo compra, otro que lo copia y otros tantos que lo miran de prestado, creo que lo vio mucha gente. Yo estoy contento. Para mí fue mi gran logro.

–¿Vientos de Agua se inspira en alguna historia familiar, en algún tío asturiano que hiciera la América?
–No exactamente, pero en mi familia se contaban toda clase de historias de inmigración. Se hablaba mucho de Giovanni Campanella. Este hombre nació justo cien años antes que yo y llegó acá sin saber leer ni escribir. Durante mucho tiempo se las rebuscó arriando vacas, y en los años veinte ya iba de galera y levita a la Bolsa de Buenos Aires. Era uno de esos a los que le fue bien. Hizo una fortuna que años después dilapidó prolijamente toda la generación de mi abuelo. Por suerte, algo quedó para pagar los estudios de Ingeniería de mi padre. Después, tengo un abuelo materno, Quintana, que vino acá solo a los 12 años, en un barco, en 1899. Era jugador, hombre de la noche, de ir a la avenida de Mayo. Yo lo conocí cuando tenía 70 y pico y mantenía su acento asturiano, como si recién bajara del barco. Ese clima está en Vientos de Agua, pero, más bien, recreo mi propia experiencia como extranjero.

–En la Argentina, algunos críticos, y también directores, dividen entre lo que es el cine de autor y el comercial. ¿Existe, realmente, esa diferencia?
–No. A nadie se le ocurriría discutir en qué categoría ubicar El Padrino, si en el cine comercial o en el de autor. El Padrino es una de las mejores películas, una de las que más me impactaron en mi vida, vista en todo el mundo por millones de espectadores. En los setenta no existía esa dicotomía, para nada. ¿Qué es el cine de autor: el que nadie ve?

–Hay una singularidad en tus trabajos: siempre aparecen los mismos actores. ¿Por qué? ¿Te cuesta encontrar nuevos?
–Sí. Te cuento la dificultad que tengo. Yo incorporo siempre cierto humor en los textos, pero en las escuelas de teatro se enseña un estilo de farsa ácido y muy sobreactuado, y a mí no me va. Hoy los actores que buscan la verdad en la comedia y reconocen esa fina línea no son muchos. Francella, Darín, Blanco, Mercedes Morán, Valeria Bertucelli… son todos geniales, pueden hacer una actuación estilizada sin que parezca falsa. No forman parte del naturalismo pedestre de los chicos nuevos que se lo pasan diciendo: “No, nada, nada...”.

–¿Te parece que hay una decadencia?
–Me parece que con la actuación ocurre al revés que en el pasado. En la década del treinta, del cuarenta, en todas las actuaciones dramáticas, excepto el caso Muiño, imperaba un estilo melodramático, falso. Hoy uno mira las películas de esa época y no se les cree nada. En cambio, los cómicos de ese momento se mantienen tan frescos como entonces: siguen siendo absolutamente creíbles. Estoy pensando en Niní Marshall, Pepe Arias, Sandrini, grandes artistas que desacralizaban la actuación. Esa escuela de grandes cómicos la tienen pocos actores. Hoy en día, en cambio, hay buenas escuelas de actores dramáticos.

–¿Es verdad que antes que escribir guiones de cine, escribiste teatro?
–Bueno, la primera vez que cobré una entrada fue con la puesta de una obra que escribimos con Fernando Castex: se llamaba Off Corrientes. Teníamos 22 años y se estrenó el 15 de octubre de 1982 en el Teatro Popular de la Ciudad, en el Abasto. Eduardo Blanco y Graciela Stefani formaban parte de ese elenco.

–Te gusta conservar los equipos...
–Lo único bueno de envejecer es que se tiene la posibilidad de conservar relaciones por muchos años.

–¿Qué momentos de gran felicidad recordás de la producción de tus películas?
–Ninguno (se ríe). No, en serio. Una vez, una productora estadounidense sintetizó algo con lo que me identifico plenamente. Dijo: “En la producción de una película no hay felicidad, solo existe el alivio”. Eso es tal cual.

–¿Y cuando estás filmando?
–Ahí sí se dan buenos momentos, pero la tensión para alcanzarlos es tanta que cuando sale bien, te repito, más que nada sentís alivio...

–¿Pero, por ejemplo, no se te da por celebrar cuando concluís con una obra?
–No festejo, me da tristeza. Además, eso. Yo no me angustio: el día a día me encanta. Hay momentos maravillosos en el set cuando canto “corte” y el equipo estalla en un aplauso, o en una carcajada. En El hombre de tu vida ocurrió dos o tres veces que nos descomponíamos de tanto aguantar la risa. Por eso, para mí, la fiesta de fin de rodaje es un velorio.

–¿¡Y cuándo llegan los premios!?
–Eso es muy lindo, pero suelen demorarse. Me encantan los premios, pero como tardan un año, eso te mantiene enganchado con algo que terminó. Además, uno piensa: “Y ahora qué voy a escribir, no se me va a ocurrir nada bueno, no voy a dar nada mejor…”. Eso es por la autoexigencia. Después que te ganaste un Oscar, no podés salirte con cualquier cosa...Por suerte, con Metegol ya estaba involucrado antes de El secreto de sus ojos...