Historia de vida


“Hay que dejarlo todo”


Por María Alvarado.


“Hay que dejarlo todo”
Con esta filosofía deportiva, Hugo Arroyo consiguió darle un salto de calidad al vóley de Río Negro. El esfuerzo tuvo su recompensa: su hijo Santiago llegó a la selección nacional.

Están las personas que se la juegan. Que le dicen sí a esa voz interna que les marca cómo vivir, en dónde, de qué trabajar. Hay otras, en cambio, que caminan apesadumbradas, sombrías, tristes, porque no se escuchan, no se animan a vivir en consonancia consigo mismos. En el grupo de las primeras, está Hugo Arroyo (52), un profesor de Educación Física que transformó al vóley de Ingeniero Jacobacci en un deporte tan practicado como popular. Su constancia rindió frutos: su hijo mayor, Santiago, es uno de los baluartes que tiene la selección nacional. Y el orgullo de este rincón rionegrino: basta con ser testigos de cómo lo reciben cada vez que visita la ciudad.

Hugo, esposo de Ivana y padre también de Carla y Diego, es dueño de un carisma y una energía que cautivan. Sus alumnos lo llaman “el Loco” por la fuerza y la intensidad con la que los alienta a ser los mejores en la cancha, pero, sobre todo, en la vida. Y un poco loco estuvo cuando a los 23 dejó a su familia y un empleo muy rentable, y se tomó un colectivo desde su Santa Fe natal hasta este punto cardinal sureño que lo albergaría para siempre. “Un amigo que estaba allí me mostró fotos del lugar con pinos nevados y me contó que había una vacante de profesor. Yo no conocía ni Bariloche”, recuerda. 

El cambio de vida se tornó un enorme desafío y los inicios no fueron fáciles. “Entré como profesor de Educación Física en la escuela primaria y en la secundaria. En mi trabajo anterior ganaba muy bien, pero necesitaba despuntar mi pasión: enseñar lo que es un roll, jugar con los chicos. Al principio pasé muchos días llorando y se sumaron algunas complicaciones, pero jamás pensé en dar marcha atrás”, repasa hoy, convertido en un líder para sus dirigidos. 

La historia cuenta que Hugo empezó entrenando a mujeres. “¡Y salimos campeones de Cinco Saltos! Era un deporte que aquí no se jugaba tanto. Solo las mujeres lo practicaban a nivel intercolegial. No era federado, ni soñaban con que eso sucediera. En 1991 mis chicas jugaban para Los Menucos, una ciudad vecina, y al año siguiente ya nos federamos y representamos a Jacobacci”, evoca. Y agrega: “Uno tiene que defender aquellos lugares donde te abren las puertas. Y Jacobacci me abrió sus puertas. Eso es sagrado, es un código de vida. Dejé y sigo dejando todo por este pueblo”. 
Filosofía Arroyo
Amante de la naturaleza y las actividades al aire libre, Hugo conoció a su compañera de ruta a los 32 años: como no podía ser de otra manera, Ivana era jugadora de vóley. En un abrir y cerrar de ojos, llegó la noticia del primer embarazo. “Ella quería ser profesora de Educación Física, así que con Santi en la panza se fue a estudiar a Viedma. Toda nuestra vida fue un desafío. Nos encantan los desafíos –afirma–. El otro día fuimos a Buenos Aires para visitar a Santiago y nos acordamos de nuestros viajes en colectivo a Santa Fe, con él muy chiquitito, y la gente que se enojaba porque era tremendo y lloraba toda la noche. Crecimos muchísimo en estos diecinueve años de casados y vivimos de todo”.

El diamante en bruto de los Arroyo se crió en una cancha y en un gimnasio. Desde bebé, sus padres lo llevaban a todos los entrenamientos, por lo que pronto vislumbró su amor y talento por el juego. “A los 7 años ya se metía a entrenar con los chicos más grandes. Se comió pelotazos fuertes en la cara porque jugaba con los mayores. Y quizá se ponía a llorar, pero enseguida se secaba la cara y continuaba jugando. A Santi le gustaban todos los deportes: básquet, fútbol. Siempre tuvo disciplina para la actividad física. Entrenarlo fue difícil porque, al ser su padre, le exigía mucho más que al resto”, reconoce Hugo.

Esa rigurosidad no es una pose. Nuestro protagonista pregona con el ejemplo, marcando a fuego a quienes pasan por sus manos: “Me da satisfacción hablar con viejos jugadores y que me digan: ‘¡Te acordás de cuando nos repetías que no bajáramos los brazos, que la lucháramos, que la peleáramos!’. Soy feliz cuando mis pibes ganan un torneo, pero más feliz me siento cuando trasladan a la vida lo que aprenden en el vóley: los valores del esfuerzo, de la superación, del sacrificio, el respetar al prójimo... Todo eso te permite desarrollarte plenamente”. 

Como todo buen docente, Hugo ostenta una profunda capacidad para aconsejar, guiar y proteger. “Después de los partidos o de los entrenamientos, mis alumnos recurren a mí con inquietudes de toda índole. Debatimos sobre cualquier tema. A veces, mis alumnas no se animaban a contarles algún problema a sus propios padres y me pedían a mí que fuera a hablarles. Y al revés ocurría algo similar: venían los padres para que los ayudara con los chicos, para que fuera un nexo con ellos –admite–. Mi madre, que falleció a mis 14 años, me enseñó a compartir, a vivir por el otro, a ayudar. Por eso, a todos los que están conmigo, les entrego mi corazón. Dejo mi vida por ellos. Te puedo retar, puede no gustarme algo, pero el día que me necesitás, estoy”.

Teniendo en cuenta su filosofía, su experiencia y la actualidad de Santiago, se hace inevitable preguntarle sobre las condiciones que debe cultivar un jugador que se precie de tal. Con el más chiquitín de la familia en sus rodillas, responde de forma contundente: “Se llega a ser gran jugador cuando se es buena persona. Antes que nada, tiene que ser buena persona porque, de lo contrario, termina complicando y contaminando el ambiente y al resto. En un deporte en conjunto esto es fundamental, ya que una mala persona no puede pensar en equipo. Me refiero a no ser egoísta, envidioso, resentido... ¿Otras claves? El compromiso, la disciplina, el esfuerzo, la búsqueda por ser el mejor y sentir el deporte como una parte más del cuerpo. Uno puede consagrarse o no, alcanzar el estatus de atleta de élite o no, pero hay algo innegociable: dejarlo todo. Ese es el gran triunfo personal”. 

Santiago, que vive solo en Buenos Aires, donde juega para el Club de Amigos, se empapó de ese mensaje desde pequeño. Y tuvo su recompensa: con 18 años ya jugó dos mundiales con la camiseta del combinado nacional. “Tengo que confesar que, en un comienzo, a mis hermanos y a la familia de Ivana no les gustó demasiado la idea de que lo dejáramos ir de tan chico a una ciudad grande como Buenos Aires. Soy de los que creen que nosotros como padres lo que hacemos es ponerle tinta a la lapicera; la historia la escriben ellos. Por supuesto que tenemos temores, pero sabemos que él es el autor de su propio libro. Nosotros acompañamos sus decisiones. Lo único que deseo es que el libro tenga un final feliz”, concluye Hugo.

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