Desde Rusia


Destino Moscú


Por Martín Chu Li (YouTube: Martin Chu).


La primavera va pintando sus últimas pinceladas para darle paso al verano ruso. Lejos de los mitos, los días se alargan y el calor se hace notar desde bien temprano. Es hora de salir a palpar lo que pasa en Moscú, la capital de Rusia y sede madre de la Copa del Mundo. El ritmo frenético de la ciudad no cesa a pesar de que nos encontramos en plenas vacaciones. El tráfico es muy caótico. Cruzar la ciudad demandaría en auto gran parte del día y de nuestra paciencia. La alternativa es clara y seductora: el subterráneo. 

Popularmente conocido como “metro”, es una de las visitas imperdibles que debemos hacer para adentrarnos en la esencia del espíritu local. Un largo recorrido en unas interminables escaleras mecánicas nos conducirá hasta el centro de las estaciones. Desde lo más profundo podremos contemplar algunos elementos vigentes de la época soviética: pinturas, obras en mármol y cerámica, estatuas de bronce, la figura de los trabajadores y un Lenin omnipresente son testigos de los nueve millones de pasajeros que utilizan este transporte cada día. Su eficacia, su frecuencia de cuarenta y cinco segundos en hora pico, su comodidad, limpieza y conexión wifi gratuita de alta velocidad son los motivos por los que personas de todas las edades y clases sociales lo consideran su medio de locomoción favorito. Además, el Mundial fue la excusa perfecta para renovar la infraestructura y modernizarla para los miles de amantes del fútbol que desembarquen por estos pagos. Se contrató personal bilingüe y se incluyeron letreros en inglés en los principales puntos de la red, cuando hace un puñado de meses los carteles estaban escritos solo en alfabeto cirílico. Los moscovitas suelen acordar sus encuentros en las partes centrales de cada estación y se refieren al metro con el mismo énfasis que en la Argentina le damos al barrio. Conocer Moscú pero no su subterráneo es un oxímoron. 
Historia pura
Tras el paseo por las estaciones del metro más distinguidas, salimos nuevamente a tierra en la parada Park Pobedy para toparnos con el costado sensible, que más orgullo genera en Rusia y en los países que formaban parte de la Unión Soviética. Estamos en el Parque de la Victoria, enclave reservado para la memoria de los veintisiete millones de soviéticos que dejaron su vida defendiendo a su patria durante la Segunda Guerra Mundial. La contienda fue tan terrible que cada familia vio como al menos uno de sus miembros abandonaba su hogar para dirigirse hacia el frente de batalla. De hecho, el conflicto aquí adquiere el nombre de Gran Guerra Patria y toma un período más acotado, que va desde la invasión de las tropas del Tercer Reich en territorio soviético, el 22 de junio de 1941, hasta la capitulación de la Alemania nazi, el 9 de mayo de 1945, en Berlín. 

En un rincón del parque, muy cerca del museo que conmemora los trágicos sucesos, se construyeron una mezquita, una sinagoga y una iglesia cristiana ortodoxa. A un costado de este sitio, que simboliza el entendimiento y la tolerancia religiosa, descansa en un banco Faruj, encargado de mantener en condiciones los jardines del parque. Proveniente de Tayikistán, Faruj nos cuenta que arribó a Moscú en busca de un trabajo que le permita ayudar a su familia. Musulmán de religión, aclara que su ídolo es Lionel Messi y nos desea que el combinado comandado por Jorge Sampaoli se consagre el domingo 15 de julio. Decimos “Argentina” y nos mencionan el tango, la carne, a Diego Armando Maradona y, claro, al crack rosarino, que aparece constantemente por televisión como la cara visible en publicidades de bancos, gaseosas y papas fritas.

Concluimos la amena conversación con Faruj y engañamos el estómago con un tentempié antes de encarar rumbo al próximo destino. Un viaje sin escalas hasta la estación Partizanskaya por la línea azul del metro nos deja en el Mercado de Izmailovo, en donde se pueden hallar artículos de lo más variados: desde antiguas reliquias para coleccionistas hasta matrioshkas, las célebres muñecas rusas. Miles de puesteros se congregan al costado del Kremlin de Izmailovo, característico por su extravagante diseño, y montan al aire libre un verdadero museo del souvenir ruso. Lo que llama la atención del lugar es la fuerza con la que la imagen de Vladímir Putin ocupa cada una de las pequeñas tiendas. Su figura se luce en tazas, banderas, muñecos de plomo y remeras. Incluso muchas de ellas muestran al presidente ruso con el torso desnudo domando a un oso salvaje, o jugando al hockey sobre hielo. 

Los vendedores son de los pocos que esperan con ansiedad la competencia, ya que implicará el aterrizaje de un gran número de turistas, muchos de ellos dispuestos a gastar elevadas sumas de dinero. Es por esto por lo que los recuerdos alusivos al Mundial ya están desparramados a diestra y siniestra. Aquí creen que el favorito de los hinchas será la ushanka, el típico gorro que portan los lugareños. 

La excursión por el mercado fue breve, ya que nuestros cañones apuntan al corazón de la ciudad. Después de quince minutos arribamos a la estación Plóshchad Revolutsii (Plaza de la Revolución), con más de setenta esculturas de bronce. Allí, a metros de la estatua de Karl Marx y frente al Teatro Bolshói, nos citamos con nuestro cónsul en Rusia, Martín Dieser, con quien tomamos un café y ahondamos en la preparación de la misión diplomática para el Mundial. Según un estudio de la Embajada de Argentina en Rusia, unos treinta mil fanáticos se harán presentes para alentar al seleccionado nacional durante el mes que se extenderá la competición, los que se sumarán a los 284 compatriotas que residimos regularmente en el país (un dato: el dominio de idiomas extranjeros es pobre y saber inglés no siempre es la salvación). 

Dieser explica que, para evitar inconvenientes, se deben respetar sí o sí las leyes y códigos de conducta. Y damos fe de ello: las normativas son extremadamente rigurosas y la gran cantidad de oficiales armados y cámaras de vigilancia que custodian los espacios públicos confirman que las autoridades están atentas al más mínimo detalle. 

Sin necesidad de subirnos a ningún transporte, caminamos hacia uno de los rincones más hermosos que atesora Moscú. El Mausoleo de Lenin, el Kremlin, la Catedral de San Basilio, el centro comercial GUM y el Museo Histórico Estatal hacen de perímetro del símbolo más emblemático que posee Rusia. La Plaza Roja es lo primero que a un extranjero se le viene a la cabeza cuando se le pregunta por el país que lidera Putin por tercera vez.  

Aquí, un grupo de argentinos planea realizar un banderazo de aliento en las vísperas del debut frente a Islandia. Pero el que avisa no traiciona: este tipo de manifestaciones están prohibidas, son severamente reprimidas, y solo hay permiso para flamear la bandera rusa. Fuera de la plaza, en dirección a la avenida Tverskaya, la más importante de Moscú, nos cautiva el reloj que marca cuánto resta para el inicio de Rusia 2018 y una exhibición al aire libre con información sobre los participantes, los campeones y las sedes. Ya se respira clima de Mundial. 

Helados y cervezas a -30 ºC
Luego de un día moviéndonos de aquí para allá en una ciudad quince veces más grande que la Ciudad de Buenos Aires, reinan el hambre y el cansancio. Las opciones para calmar el apetito abundan. Pese a las generosas cartas occidentales, Rusia brinda una excelente chance para degustar lo más sofisticado de la cocina caucásica, eslava y asiática. En un tradicional restaurante ruso, el menú puede estar compuesto por una sopa borsch (a base de remolacha), pelmeni (pasta rellena con carne), ensalada Olivié (nuestra ensalada rusa) y, lógicamente, vodka. 

Atentos, porque lo que parece tan sencillo como sentarse a disfrutar de una cena puede convertirse en un escollo para aquellos que tienen mañas con el orden en el que los mozos traen los pedidos. El chef va sacando los platos no bien los termina, por lo que un comensal puede estar con el postre mientras otro todavía no recibió noticias de su entrada. El helado que manda es el de vainilla, y justamente en este rubro se esconde una paradoja: en los crudos meses de invierno, lejos de caer en ventas, las heladerías mantienen y aumentan su producción. Las temperaturas que bajan hasta los -30 °C no son suficientes para frenar el amor que los rusos tienen por el helado. Ellos aseguran que el frío hace más deliciosa la experiencia. 

Decidimos coronar la velada tomando algunas cervezas y para eso es aconsejable ir a la zona de Kuznetsky Most. Hay dos aspectos a destacar: la proliferación de bares y que a los rusos les gusta beber (y mucho). El alcoholismo es uno de los grandes problemas dentro de esta sociedad. Las políticas implementadas por Gorbachov durante la famosa perestroika minimizaron notablemente su comercialización. La policía multaba a quienes estaban ebrios en la vía pública y los demoraba hasta que recobraran su estado. Ingresamos a un pub irlandés e intercambiamos frases con un tal Igor. El muchacho de 35 años no oculta su obsesión por la pelota y su amor por el soviético Lev Yashin (para la FIFA, el mejor arquero del siglo XX). Consciente de las limitaciones de su seleccionado, será feliz con, al menos, verlo pasar a la segunda fase del certamen. Abogado de profesión, anticipa que el Mundial se vivirá con mayor euforia en las sedes más pequeñas. Por otra parte, nos comenta que no tuvo suerte durante la venta de entradas, ya que las localidades se agotaron en un abrir y cerrar de ojos (el precio de reventa para los partidos de la Argentina está alrededor de mil dólares). Sin embargo, promete ser uno más en el Fan Fest ubicado dentro del predio de la Universidad Estatal de Moscú. Una vez allí, el Río Moscú será lo único que lo separe del estadio Luzhnikí, escenario de la final. 

Lo advertimos: el choque cultural será impresionante en una de las ciudades más contradictorias del planeta. La cara más cruda del capitalismo se impone en una población que aún conserva ciertas huellas del igualitarismo soviético. Sea como fuere, aquí se posará la mirada de millones de espectadores cuando levante y caiga el telón de Rusia 2018. Moscú verá como uno de los treinta y dos capitanes alza la tan soñada copa. En Messi confiamos.

Cómo, cuándo y dónde
La Copa del Mundo se extenderá del 14 de junio al 15 de julio. Moscú, San Petersburgo, Sochi, Kazán, Kaliningrado, Nizhni Nóvgorod, Samara, Saransk, Kaliningrado, Rostov del Don y Ekaterimburgo serán las ciudades sede. Con la intención de acortar las grandes distancias de un país que tiene once zonas horarias, se decidió que haya acción solo en la parte occidental de Rusia. La Argentina viajará 1750 kilómetros para disputar sus partidos frente a Islandia (en Moscú, el 16/5), Croacia (en Nizhni Nóvgorod, el 21/6) y Nigeria (en San Petersburgo, el 26/6). Ojalá que ese sea solo el comienzo...  

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