Ecología


Que te quiero verde


Por Aníbal Vattuone.


Dentro de la cancha, ellos. Lionel Messi, Neymar y Cristiano Ronaldo, entre otros, asombrarán con sus firuletes a la masa futbolera siempre tan ávida de espectáculo y goles maravillosos. Todo sucederá sobre un césped más verde que nunca, porque, según dicen, Rusia 2018 será el primer Mundial ecológico de la historia. Así como estos astros cuidarán la pelota, los organizadores harán lo propio con el medio ambiente.

Desde que se supo cuál sería el anfitrión del torneo, el Comité Organizador Local (COL) y la FIFA establecieron una amplia estrategia sostenible para que el impacto ecológico, social y económico de la cita deportiva no trajera consecuencias ambientales negativas. Se emplearon tecnologías de avanzada en los doce escenarios deportivos en los que se disputarán los encuentros. Todos debieron cumplir con las normativas internacionales verdes BREEAM (sigla en inglés de “metodología de evaluación medioambiental para la construcción de edificios”) y LEED (sigla en inglés de “liderazgo en energía y diseño ambiental”), que se otorgan solo a las estructuras calificadas como sustentables. 

Para eso, desde 2014, el Ministerio de Recursos Naturales y Medio Ambiente de Rusia puso manos a la obra a través del grupo comandado por el profesor Yuri Tabunshchikov, quien en 2007 obtuvo el Premio Nobel de la Paz junto al Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático. El académico ruso es la mayor autoridad en suministros de calefacción, ventilación, aire acondicionado y física térmica aplicada a los edificios. 

A su vez, el COL está, desde 2015, dictando talleres que ahondan en la aplicación de normas de construcción con materiales ecológicos. “Los efectos de usar tecnologías respetuosas con el medio ambiente se notarán durante las décadas venideras. No solo las ciudades sede de Rusia 2018 tendrán estadios certificados por los requisitos de la FIFA, sino que se elaborarán planes para otros grandes proyectos de construcción ecológica”, revela Guy Eames, director ejecutivo de Green Building Council Rusia (RuGBC). Y prosigue: “Para nosotros es fundamental comprobar cómo cambió la mentalidad de los habitantes rusos. Hasta hace algunos años, pocos en Rusia sabían cuál era la finalidad de estas normas, pero ahora hay cientos de especialistas en lo que respecta a construcción sostenible. Este sector está cobrando un protagonismo inusitado, a pesar de los vaivenes económicos”.

Considerando la duración del evento y los cientos de miles de entusiastas que asistirán, Rusia 2018 intentará mitigar el impacto ambiental, sobre todo con lo vinculado a la emisión de dióxido de carbono (CO2), que es el principal gas del efecto invernadero. Para eso, se pusieron en marcha celdas solares, infraestructuras acondicionadas, tecnologías avanzadas y gestión de desechos. Cabe destacar que cada partido implica la movilización de un promedio mínimo de cincuenta mil personas. A eso hay que agregarle transporte, servicios alimentarios, provisión eléctrica y remoción de residuos ocasionados (se pueden generar entre cinco y diez toneladas por encuentro). 

Más allá del césped
Los estadios son los teatros de cada Mundial. Como ocurre cada cuatro años, estos templos futbolísticos compiten entre sí para dirimir cuál es el más vanguardista de todos. Sistemas de calefacción y ventilación, amplísima redes que permitirán el ahorro de agua, y uso de luces LED en vez de incandescentes para la optimización de la electricidad son solo algunos de los preceptos que debieron cumplirse para edificarlos (o restaurarlos). “Gracias a estas medidas pudimos reducir en un 70% la energía”, aseguran desde la FIFA. 

El Estadio Olímpico Luzhnikí (antes conocido como Central Lenin), elegido nada más y nada menos que para la ceremonia y el partido inaugurales, quizá sea el que recoja más aplausos. Ubicado a cinco kilómetros al sudoeste del Kremlin, y dentro de un complejo de 180 hectáreas, a su alrededor se plantaron más de mil árboles y arbustos, y se destinaron casi 16.000 metros cuadrados para jardines. Su capacidad es de, aproximadamente, ochenta mil asientos.
 
Luzhnikí podría traducirse como “los prados”, por los prados inundables que hay en su entorno, en la curva del río Moscova. El estadio que fue sede principal de los Juegos Olímpicos de 1980 es uno de los pocos en Europa con césped artificial Field Turf. Si bien se colocó en 2002, se reemplazó temporalmente por uno natural, en 2008, debido a la final de la Champions League. En su remodelación, se eliminaron la pista de atletismo y las columnas que rodeaban el nivel superior y que obstaculizaban la visión (además de que las gradas se hicieron menos pronunciadas). 

Al igual que el Luzhnikí, el Volgogrado, el Mordovia y el Samara también fueron construidos con materiales que tienen un excelente nivel de conservación. Sin embargo, hay que hacer un apartado con el Spartak y el Rostov. El primero posee un sistema único que regula de manera eficiente la distribución de energía hacia diferentes servicios (calefacción, enfriadoras, iluminación), de modo que consigue un ahorro en el consumo de entre un 20 y 70%. Por otro lado, sus lámparas LED en las zonas de servicios y oficinas posibilitan la reducción del consumo de energía eléctrica en un 90%. Por su parte, el Rostov, preparado para recibir a cuarenta y cinco mil personas, facilita el paso de la luz natural a través de una cortina blanca que lo rodea, lo que favorece la ventilación del recinto pero sin descuidar la protección de los asistentes contra la lluvia o el frío. Ubicado en Rostov del Don, será el epicentro de un proyecto de ciudad sustentable que se levantará en derredor tras el Mundial.  

Por supuesto que toda esta actualidad tiene sus antecedentes. En 2016 se creó una legislación basada en la armonización edilicia en cuanto a arquitectura, ingeniería y planificación de obras. “Los estadios son un factor clave en nuestros esfuerzos de que el Mundial sea el más sostenible que se haya visto”, dice el argentino Federico Addiechi, responsable de Sustentabilidad y Diversidad de la FIFA.

Iguales
Más allá de lo ecológico, el aspecto social es otro de los puntos a los que se le prestó suma atención. “El Mundial se convirtió en un catalizador de cambios en todos los ámbitos”, dice Milana Verkhunova, jefa de Sustentabilidad del COL. Yuri Boychenko, jefe de la sección Lucha Contra la Discriminación de la Oficina de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, coincide y acota: “En cuanto a racismo y discriminación, la Copa del Mundo supone una gran oportunidad para sensibilizar a la sociedad y tomar decisiones que sean realmente efectivas”. 
En esa misma línea, se apoyarán distintas iniciativas en las áreas de salud, seguridad, trabajo decente, inclusión e igualdad. “Se llevaron a cabo numerosas acciones, como una formación específicamente diseñada para el personal de la FIFA, para los voluntarios y miembros del cuerpo auxiliar de seguridad”, anticipa Addiechi. 

Antes de que arranque el Mundial, Igor Lebedev, vicepresidente de la Cámara de Diputados y miembro del Partido Liberal-Demócrata de Rusia, fue claro con respecto a la cruzada contra el racismo: “Sancionaremos a quienes asuman un comportamiento inadecuado”. La preocupación no es antojadiza: Rusia ya fue acusada de racismo en la Eurocopa 2012 y la de 2016, y en sus últimas dos ligas se registraron ochenta y nueve incidentes de esta índole. Como si no bastara, en abril pasado, la FIFA le abrió un expediente por los cantos contra Paul Pogba y otros jugadores franceses de color en el amistoso en el que los locales se midieron con Les Bleus, el 27 de marzo, en San Petersburgo.  

¿Y después, qué?
Más allá de lo que ocurra en el Mundial, Rusia está decididamente afianzada en esta corriente eco. Para muestra, bien vale una de las últimas directivas del presidente Vladímir Putin. A partir del año que viene, trescientas empresas tendrán que introducir tecnologías limpias en sus procesos de producción. La idea es que, en el corto plazo, todas las compañías imiten esta conducta. Esta resolución ya quiso ponerse en práctica en reiteradas ocasiones, pero esta vez el mandamás aseguró que no habrá más aplazamientos. “En vano hablaríamos de una vida sana y larga si hasta ahora millones de personas están obligadas a tomar agua que no reúne las normas sanitarias, y si los habitantes de algunos centros industriales no ven el sol por el smog”, enfatizó el primer mandatario.


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