Personaje


De novela


Por Federico Svec.


Mi madre estaba en Nagasaki cuando arrojaron la bomba atómica. La casa familiar se mantuvo en pie, aunque quedó muy dañada; se dio cuenta de eso cuando comenzó a llover y las goteras del techo eran incontables. De su familia, sus padres y cuatro hermanos, fue la única que resultó herida cuando una pieza de escombro que volaba por el aire la alcanzó. Mientras se quedaba en casa para recuperarse, el resto de la familia salía a ayudar en las zonas de la ciudad mas dañadas por la bomba. Siempre me decía que, cuando pensaba en la guerra, no fue la bomba atómica lo que más la asustó; se acordaba del refugio antiaéreo subterráneo de la fábrica donde trabajaba, y de estar con sus compañeras en la oscuridad mientras las bombas caían literalmente encima de ellas. Pensaron muchas veces que se iban a morir en ese instante…”.

El que recuerda es Kazuo Ishiguro, quien hasta nuevo aviso será el último Premio Nobel de Literatura. Es que sacudida por escándalos de abuso y acoso sexual, además de denuncias por irregularidades financieras, la Academia Sueca suspendió la entrega del galardón por tiempo indeterminado (un hecho que no se daba desde la Segunda Guerra Mundial).

El autor nació el 8 de noviembre de 1954, en Nagasaki, nueve años, dos meses y veintiocho días después de que la ciudad sufrió el segundo ataque nuclear de la historia. A sus 5 años, se mudó con los suyos al pequeño pueblo de Guildford, en el sur de Inglaterra. No volvió a Japón por veintinueve años. “Inicialmente solo iba a ser un viaje corto, que se convirtió en una estadía larga –confesó en una ocasión–. Mi padre era oceanógrafo y lo había invitado el Instituto Nacional de Oceanografía británico, que se había fundado en los años de la Guerra Fría. Reinaba un aire de secreto en sus investigaciones, a tal punto que solo una vez lo fui a visitar allá. No tuve grandes problemas de adaptación; creo que porque era muy chico. Con el inglés me arreglé bien; había aprendido bastante viendo películas y series de cowboys que pasaban en Japón. Yo idolatraba a esos cowboys… Mis favoritas eran Laramie y El llanero solitario. ¿Qué me pareció Guildford? Demasiado diferente de donde venía. Era rural, austero, muy verde…”.   

Hoy, Ishiguro vive en una agradable casa blanca de Golders Green, una zona del norte de Londres, con su hija, Naomi, y su mujer, Lorna, una extrabajadora social. En el living pueden verse unas muy cuidadas guitarras eléctricas y un sofisticado equipo de alta fidelidad. Escaleras arriba se encuentra su pequeño estudio, diseñado a medida con paredes revestidas en madera clara. Sobre una de las paredes, se alinean los ejemplares de sus libros traducidos a unos treinta idiomas (entre ellos, malayo, polaco, italiano y español). Debutó a los 27 años con Pálida luz en las colinas, una novela ambientada mayormente en Nagasaki. Luego fue el turno de Un artista del mundo flotante (por la que obtuvo el premio Whitbread Award), y de Los restos del día, con la que selló el pasaporte a su fama internacional. La edición original inglesa vendió más de un millón de ejemplares, ganó el Man Booker Prize y se filmó con guión de Ruth Prawer Jhabvala, la dirección de James Ivory, y el magistral Anthony Hopkins en el papel del mayordomo Stevens de Darlington Hall.

“En Japón había un superhéroe muy popular llamado Gekko Kamen o Capitán Centella. Yo entraba a las librerías para memorizar las imágenes de sus libros ilustrados para chicos, y en mi casa dibujaba mis propias versiones de las aventuras –dijo sobre sus primeras influencias–. Ya viviendo en Guilford, las únicas cosas en inglés que leía al principio eran los libros de texto Look and Learn. Descubrí las historias de Sherlock Holmes en la biblioteca local. Tenía 9 o 10 años, y me obsesioné con Holmes y Watson: ¡hasta me comportaba como ellos! ‘El sabueso de los Baskerville’ fue y sigue siendo mi relato preferido sobre Holmes. Me daba miedo y no me dejaba dormir. También me atrajo el mundo de Arthur Conan Doyle...”.
El sueño del hippie
Antes de brillar con títulos como Los inconsolables, Cuando fuimos huérfanos, Nunca me abandones (que también fue recreada en la pantalla grande con la dirección de Mark Romanek y las actuaciones de Carey Mulligan, Keira Knightley y Andrew Garfield) y el más reciente El gigante enterrado, Ishiguro decidió cumplir un sueño. Tenía 19 años. “Estaba obsesionado con la cultura americana, así que ahorré un poco de dinero trabajando en una compañía de productos para bebés. En abril de 1974, tomé un vuelo a Vancouver, Canadá, que era el más barato. Me subí a un micro rumbo a la Costa Oeste de los Estados Unidos, donde pasé tres meses viviendo con no mucho más que un dólar por día”, contó.

Al menos en apariencia, se había convertido en un hippie de pelo largo, bigotes, mochila y guitarra en la espalda. Viajó a dedo por la Pacific Coast Highway, a través de Los Ángeles, San Francisco y todo el norte de California. Buena parte de los jóvenes mochileros eran estudiantes de clase media, pero cuando tomó un tren de carga desde el estado de Washington para ir a Montana, se topó con personas nada románticas que lo obligaron a enfrentarse con una realidad más cruda. Registró todo en un diario, tratando de imitar la prosa de Jack Kerouac. De regreso a Inglaterra, transformó las anotaciones de la gruesa libreta en un libro de relatos. “Fue la primera vez que pensé en la estructura general de un relato. Usé la narración en primera persona, y escribí un par de capítulos antes de darme cuenta de que sonaba extraño, nada auténtico. Claro, yo no era americano y no era Kerouac. Uno suele caer en eso de imitar a quien admira, pero comprendí que debía encontrar mi propia voz”, reconoció. 

La experiencia en los Estados Unidos sembró en Ishiguro la semilla de un espíritu inquieto. De hecho, admitió que si bien se puso contento cuando ingresó en la Universidad de Kent para especializarse en Literatura inglesa y Filosofía, todo lo aburría y nada lo motivaba lo suficiente. “Por eso, decidí anotarme como trabajador social voluntario y me fui seis meses a Renfrow, un pueblo de Escocia cercano a Glasgow. Estaba en el corazón industrial del país, en un tiempo de crisis para las fábricas. Había tensión en las calles, una lucha por la simple subsistencia, facciones enemigas que se odiaban, mucha droga y alcohol, y una política viva y verdadera, de otro planeta comparada con la que veías en el ámbito universitario. Fue muy impactante para mí, crecí mucho como persona…”, contó alguna vez.
Golpe de suerte  
Si bien sus novelas fueron un suceso desde el principio, hubo textos que escribió en su juventud que nunca fueron publicados, pero que, de alguna manera, le resultaron útiles para su hoja de ruta. “Estaba trabajando para personas sin hogar en el oeste de Londres cuando concebí un libreto de media hora para la radio y lo mandé a la célebre cadena BBC. Aunque lo rechazaron, eso no logró desalentarme. Era una época en la que estaba buscando a qué dedicarme, ya que mi carrera como músico no parecía ir por muy buen camino. Tuve infinidad de reuniones con el sello discográfico A&M Records, pero de ninguna salí con un contrato de grabación firmado. Por eso, se me ocurrió intentar escribir para la radio…”, dijo sobre esa época. 

El destino, el azar, o lo que fuera, empezó a jugar a su favor, ya que, casi por accidente, se enteró de un curso de posgrado sobre escritura creativa que dictaba Malcom Bradbury en la Universidad de East Anglia, en Norwich, Norfolk. “El curso duraba un año, pero debía conseguir una beca completa. Para aplicar, tenía que entregar un trabajo de ficción de treinta páginas. ¿Qué le envié a Malcom? El guión de radio que originalmente había preparado para la BBC. ¡Y con eso me aceptaron!”, evocó, con un orgullo que aún perdura.

Durante el posgrado, Ishiguro escribió sobre Japón y recibió muy buenas críticas de sus compañeros de clase. Además, logró que la editorial independiente Faber & Faber incluyera tres de sus relatos en la antología Introduction 7: Stories by New Writers, publicada en 1981. Un año más tarde se lanzaría A Pale View of Hills, cuya traducción al español, Pálida luz en las colinas (editorial Anagrama), aparecería en 1994. Por fin, Ishiguro había encontrado su propia voz. El resto de la historia es conocida.
De Dylan a Cohen
Ishiguro aprendió a tocar el piano a los 5 años. A los 11 escuchó los primeros discos de música pop y a los 15 se animó a rasguear la guitarra. “Tenía un pequeño grabador de cinta que mi padre había traído de Japón, con el que grababa directamente de los parlantes de la radio, para tratar de sacar las letras de los temas. A los 13 años compré mi primer LP de Bob Dylan: John Wesley Harding”, contó. El escritor encontró letras reflexivas, surrealistas y literarias tanto en el cantautor estadounidense como en Leonard Cohen. A partir de esas fuentes de inspiración, comenzó a componer. “Para mí la narrativa y las canciones siempre estuvieron muy conectadas. Mi estilo como novelista proviene básicamente de lo que aprendí escribiendo canciones. En mis novelas puede apreciarse la calidad intimista y en primera persona de un cantante que se presenta ante una audiencia”, explicó quien escribió “Breakfast on the Morning Tram” para la cantante Stacey Kent, que estuvo en uno de los discos de jazz más vendidos en Francia.

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