Entrevista


“Las Leonas somos un emblema del país”


Por Alejandro Duchini.


Desde febrero, cuando la Federación Internacional de Hockey (FIH) la eligió como la mejor jugadora del mundo, Delfina Merino (28 años) no para de dar entrevistas. La buscan periodistas deportivos y de los otros; la quieren para tapas de revistas del corazón y de información general. Había viajado a Alemania a recibir el premio sin contárselo a casi nadie, pero la noticia explotó: otra argentina tomaba la posta del legado iniciado por Luciana Aymar, quien recibió ese galardón ¡ocho veces! Justamente, “Lucha” fue una de las pocas que se enteró antes a través de un mensaje de Delfina. “Me vas ganando 8 a 1”, le escribió. 

Ambas fueron compañeras en Las Leonas, el seleccionado  que, junto a la “generación dorada” del básquet, más satisfacciones le dio al deporte de nuestro país. Mientras Aymar se retiraba, Merino jugaba sus primeros partidos internacionales. De esos encuentros deportivos quedó el respeto profesional y la admiración mutua.

A días de comenzar el Mundial de Londres, hablamos con Delfina en uno de los pocos casilleros vacíos que tiene su agenda, entre otras notas, partidos con la selección, compromisos con su equipo –Banco Provincia–, la cursada de la carrera de Abogacía, y algún mínimo descanso. Es inevitable ahondar en las sensaciones tras haberse consagrado como la número uno. “Hay personas sin las cuales este premio no habría sido posible o habría sido más difícil de conseguir. Principalmente, mi familia: mi papá, mi mamá, mis tíos, mi abuela, mis primos. Ellos siempre me apoyaron en este sueño de jugar al hockey, de ser una Leona. Mis padres siguen estando, tanto en los partidos de la selección como en los del club”, agradece. Y continúa en la misma línea: “También me ayudaron mis compañeras del seleccionado, tanto las de antes como las de ahora. Entré al equipo en 2009 y, gracias a Dios, conocí a grandes jugadoras. Aprendí de las mejores; por eso, todo lo que me está pasando tiene mucho que ver con ellas, que son parte del camino. Lo mismo las jugadoras de Banco Provincia, con las que juego de chiquita, que saben cómo soy. Compartí muchos años de mi vida con ellas. Me hicieron pelear cada vez por cosas más importantes. Y los entrenadores, por supuesto, que son una parte fundamental, que no solo te hacen crecer en lo deportivo, sino en lo humano. Cada uno de ellos aportó algo para que en 2017 pudiera salir una de mis grandes versiones como jugadora”.

–¿Te cambió algo el premio? 
–Estos reconocimientos son una motivación extra para pulir un montón de detalles. Me encuentro en un momento en el que no estoy entre las más grandes de Las Leonas ni entre las más chicas. No es que me estoy por retirar, así que el premio me permite seguir perfeccionándome.

–A pesar de ser una deportista internacional, siempre volvés –en todo sentido– a tu club. ¿Por qué?
–Porque es mi segunda casa. Me siento feliz cada vez que atravieso la puerta de ingreso. Es mi lugar. Es el club de mi familia, que me transmitió la pasión por los colores rojo y blanco. Soy una afortunada de tener ese sentido de pertenencia desde los 5 años. Eso no lo cambio por nada.

–¿Cómo hacen Las Leonas para mantenerse como símbolo del deporte argentino?
–Por una secuencia de logros, pero, a la vez, porque la gente ve que dentro de la cancha, más allá de que nos vaya bien o mal, hay valores que no negociamos. Dejamos todo por la Argentina: actitud, garra y entrega son innegociables. Eso es lo que más me gusta de este equipo. 

A los 28 años, esta hincha de Racing por herencia paterna vive sola en un departamento del barrio porteño de Saavedra. Más de una vez contó lo complejo que es mantener una relación de pareja cuando se viaja tanto. 

Profundizó su experiencia internacional en Holanda, precisamente en el SCHC, de Bilthoven, a un puñado de kilómetros de Ámsterdam. Allí se cobran sueldos profesionales e imposibles para una Argentina a la que Delfina siempre regresa... o de la que nunca se va del todo. Aquí tiene su universo: su familia y ese club del que se tatuó su escudo en el pie. Quiera o no, su figura y la de Las Leonas son un espejo para muchos. “Ser una Leona encierra valores que llegaron a la selección para quedarse. No empezaron con las jugadoras actuales, sino con otras camadas que, en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000, se destacaron por triunfos y por demostrar qué significaban esos triunfos. Hoy, Las Leonas somos un emblema del país –sentencia–. Que un sinfín de chicas jueguen al hockey no solo en barrios o clubes, sino en villas, municipios o colegios, es algo hermoso. La magnitud de este deporte es tremenda. Me siento orgullosa cada vez que veo por la calle a una nena con su palito. Que los niños hagan ejercicios es genial. Es un estilo de vida que incide en la formación de un ser humano. Por eso, ser Leona no se reduce al instante de ponerse la camiseta argentina. Hay otras cosas invisibles que se dan fuera de la cancha, como el respeto por el público, parar a firmar autógrafos, etcétera. Nosotras debemos ser conscientes de que somos un ejemplo para nuestros fanáticos. Entonces, como estamos expuestas, tenemos que prestar atención a lo que transmitimos. Hay que cuidar los colores argentinos más allá de la cancha de hockey”.

–¿En lo individual también llevás a cabo un rol social?
–Como figuras del deporte, está bueno que sumemos un granito de arena. Por mi parte, soy la embajadora del merendero Las Trincheras, que está en un pueblito a doscientos kilómetros de Santiago del Estero. Ese nexo con ellos representa una gratificación especial. Es muy emocionante, y lo puedo hacer porque juego en Las Leonas. 

–Sos joven y, si bien te dedicás a lo que te apasiona hacer, existen obligaciones profesionales que te alejan de gustos personales. ¿Se  te cruza por la cabeza el retiro?
–Es difícil elegir un torneo y determinar que va a ser el último. En 2020 están los Juegos de Tokio, que sería mi tercera participación en una olimpíada. Dependerá de varias cosas, pero seguro que el día que no disfrute, daré un paso al costado. Yo hoy sigo sintiendo nervios antes de jugar, y ojalá eso no se me vaya nunca porque es lo que me hace entender que sigo divirtiéndome con el hockey. Pero 2020 puede ser una buena opción para colgar los botines.

–En este Mundial que se aproxima te van a estar evaluando de otra forma. ¿Qué te genera?
–Londres va a estar buenísimo, no solo por el acontecimiento en sí, sino porque estamos muy preparadas a nivel individual y grupal. Entrenamos duro para este torneo. No será nada sencillo, pero tengo confianza en el equipo. En lo personal, ojalá pueda alcanzar mi punto justo en lo físico y en lo mental. Si todos estos factores se combinan, puede ser una gran oportunidad para disfrutar el Mundial.   

–Los expertos coinciden en que la confianza es clave en la alta competencia. ¿Cómo la explicarías? 
–Es tener mentalidad ganadora. La forma en que entrás a la cancha es decisiva. Hay que estar convencido de que se puede jugar bien y ganar. Cuanto mejor esté el equipo afuera del terreno, mejor estará adentro. Con Nelly Giscafré, una de las mejores psicólogas deportivas de nuestro país, estamos trabajando mucho para manejar las presiones.

–¿Y después del Mundial?
–La meta es Tokio 2020. Ser parte de ese Juego Olímpico sería muy importante, pero todo es paso a paso. Siempre voy a estar ligada al deporte, pero tengo otros objetivos, como seguir estudiando, formar una familia y ser madre.

–Estudiás Derecho en la Universidad de Buenos Aires.
–Sí, por suerte estoy rindiendo bien. Calculo que terminaré en uno o dos años, porque curso la carrera a mi ritmo, que es diferente al de los alumnos “normales”. Me entusiasma dedicarme al Derecho Deportivo.

–¿Cómo asimilás la fama?
–¡La fama! Cualquiera puede hacerse famoso; lo que te distingue es el prestigio. Las Leonas tenemos prestigio. Eso es lo más lindo y es lo que debemos cuidar. Pero hay que saber llevarlo en el día a día, porque es complicado de conseguir. Y, sobre todo, hay que hacerlo con humildad.  

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